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El secreto de la felicidad

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Adoraba las letras, pero en el instituto me recomendaron encaminarme hacia las ciencias, así que, con treinta otoños el mundo académico me abortó como doble graduado en Ingeniería Electrónica, Robótica y Mecatrónica e Ingeniería Informática. En cuanto a mi vida sentimental, la cosa no iba mejor: las chicas que cortejaba no dudaban en aducir los más variopintos razonamientos para plantarme calabazas:
La esbelta Clío me encontraba demasiado bajo.
La atlética Susi, poco fornido.
La romántica Dévora, algo pelón.
La sofisticada Miriam, nada chic.
La inalcanzable Elisabeth se rio de mi diminuto empeño.
Y todas coincidieron en que era ridículamente tímido.
En todo podía estar de acuerdo, salvo en lo referente al tamaño de mis… ambiciones. Este enclenque aspirante a calvo ambicionaba escribir su propio destino, amancebarse con Elisabeth y cruzar gallinas Sussex con gallinas Fenton azules. De manera que hice lo que, en opinión del mundo, se me daba mejor: diseñé un humanoide que, a todos los …

Son cosas de la edad...

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Infancia:
   Nada en el mundo deseaba más que alcanzar, por fin, el pomo de la puerta, cuando lo logró, lanzó una mirada desafiante a su carcelera. Adolescencia:
   «¿Qué es la vidaAAAg…? ¡Joer qué sueño!»
Juventud:
   Todas las noches apila sus proyectos sobre el banco del obrador, así tiene más espacio para forjar nuevos sueños.
Madurez:
   Al cumplir los treinta y cinco su mirada eludió todo reflejo; ya no saluda a los viejos amigos y el tiempo ha comenzado a caricaturizarla a sus espaldas.

Vejez:
   La dentadura díscola salió catapultada hacia un día lleno de posibilidades. Al gerocultor le hizo maldita la gracia verse atrapado en la buhardilla.

Testamento:
   El enésimo cambio de pañal selló mi última voluntad: ¡no volvería a soportar ni una bondad más!

Primavera

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Calcomanía... De besos en tu vientre arborícola.













Fugaz invierno, Las fresias tejen tu ataúd extemporáneo.







¡Luce en mi bancal! Caleidoscópica Vía Láctea.

"El ocaso de Valeria", de Manuel Cado

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Di mis primeros pasos en el mundo de la novela negra con once años, de la mano de Sir Arthur Conan Doyle, y, en lo que respecta a este género, debo confesar que soy muy exigente (o tiquismiquis, según a quién le preguntes). Prueba de ello es que no me gustan los personajes de los laureados autores y autoras del norte de Europa, que adoro el estilo directo de J. K. Rowling, y que me ha encantado esa personalidad inclasificable del inspector de homicidios Samuel Mir, de El ocaso de Valeria.
He leído esta novela casi de un tirón y, al final (ese final tan atípico como perfecto), me he quedado con ganas de averiguar qué más casos resolverán este cascarrabias y su impertérrita compañera, Blanca Garrido.
Como siempre, os invito a visitar el blog de su autor, Manuel Cado. Pero si sois de los que gustan de una segunda opinión, seguid las huellas de este lobo..., su reseña no os dejará indiferentes.
Feliz lectura.