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El hilo de Ariadna

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Se movía como gata sobre tejado de seda. Solo cuando las circunstancias se lo imponían, buscaba el descuido de una puerta abierta y tramo a tramo ascendía como cualquier hija de vecino. Los prejuicios siempre jugaban a su favor, sobre todo, si eran mentes machistas las que evaluaban su aspecto frágil y su rostro dulcificado por una tez pálida con tendencia al súbito sonrojo. Pero no era el rubor su mejor herramienta de trabajo —porque sí, Ariadna es una profesional, pese a lo que la uniformidad dictamine—. Su cuerpo era lo más parecido a una goma elástica, capaz de ejecutar saltos y contorsiones de lo más audaces. No había en el mundo obstáculo que detuviese su voluntad, si bien, jamás dañó a nadie en su quehacer. La mañana se había levantado fría y brumosa, ideal para lo que tenía pensado hacerle a aquel monumento arquitectónico ubicado en el centro de la capital; para regocijo suyo, los vecinos eran puro cliché: no se sentían en paz con el mundo si no gastaban miles de euro…

Marzo ventoso...

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Surcad, cometas, La bravura de la mar. ¡Prended sus flores!





         Tarde. Ni ellas ni ellos lo vieron venir.  De la risueña espuma marina sobre la que cabalgaban apenas hacía un instante brotaron unos rosetones grises y compactos. El buque, descargado de químicos, prosiguió su singladura mientras las cometas se hundían en la mar.

El secreto de la felicidad

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Adoraba las letras, pero en el instituto me recomendaron encaminarme hacia las ciencias, así que, con treinta otoños el mundo académico me abortó como doble graduado en Ingeniería Electrónica, Robótica y Mecatrónica e Ingeniería Informática. En cuanto a mi vida sentimental, la cosa no iba mejor: las chicas que cortejaba no dudaban en aducir los más variopintos razonamientos para plantarme calabazas:
La esbelta Clío me encontraba demasiado bajo.
La atlética Susi, poco fornido.
La romántica Dévora, algo pelón.
La sofisticada Miriam, nada chic.
La inalcanzable Elisabeth se rio de mi diminuto empeño.
Y todas coincidieron en que era ridículamente tímido.
En todo podía estar de acuerdo, salvo en lo referente al tamaño de mis… ambiciones. Este enclenque aspirante a calvo ambicionaba escribir su propio destino, amancebarse con Elisabeth y cruzar gallinas Sussex con gallinas Fenton azules. De manera que hice lo que, en opinión del mundo, se me daba mejor: diseñé un humanoide que, a todos los …

Son cosas de la edad...

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Infancia:
   Nada en el mundo deseaba más que alcanzar, por fin, el pomo de la puerta, cuando lo logró, lanzó una mirada desafiante a su carcelera. Adolescencia:
   «¿Qué es la vidaAAAg…? ¡Joer qué sueño!»
Juventud:
   Todas las noches apila sus proyectos sobre el banco del obrador, así tiene más espacio para forjar nuevos sueños.
Madurez:
   Al cumplir los treinta y cinco su mirada eludió todo reflejo; ya no saluda a los viejos amigos y el tiempo ha comenzado a caricaturizarla a sus espaldas.

Vejez:
   La dentadura díscola salió catapultada hacia un día lleno de posibilidades. Al gerocultor le hizo maldita la gracia verse atrapado en la buhardilla.

Testamento:
   El enésimo cambio de pañal selló mi última voluntad: ¡no volvería a soportar ni una bondad más!