miércoles, 24 de diciembre de 2014

Recuento de Navidad




Era una  noche oscura de Navidad. Las familias se reunían en torno a la mesa para degustar las finas viandas que tanto les había costado reunir en el caótico súper. No faltaba nadie, salvo los que se fueron a la guerra; los que emigraron al primer mundo; los empecinados en mantener un silencio sepulcral —a pesar de la movida del 4G— y Miguelín, que como fue un chico malo, sus padres le han regalado un traje de Papá Noel y lo han atado a los barrotes del balcón, para que aprenda lo que significa «ganarse el mazapán con el sudor de su frente».

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Poema de la Mala Baba




Calabaza perpetrada por Pedro R. P.
El brujo alza su varita al cielo
y conjura un brutal aguacero,
pues la lluvia chispeante
le resulta exasperante.
¡Chipi, chap! ¡CHOF!
Con la cáscara empapada
se refugia el caracol
bajo la cálida paja
del ruinoso caserón.
¡Chapichip! ¡SHOB!
El brujo compasivo
se lo mete en el bolsillo,
luego cambia de opinión
y lo arroja al perol*.


domingo, 30 de noviembre de 2014

Voramar



Foto de Ana F.
Dedicado a Pantagruel, Bizcocho y  a todos los gat@s que, en una sola vida, hicieron grandes a los pequeños felinos.
Si queréis saber lo que diferencia a un gato callejero de un gato portuario, sólo tenéis que comparar al pirata Barbanegra con la Pantera Rosa.
Pues sí. El callejero no es más que un gato consentido que vive a lo hippy; el portuario, en cambio, es un minino feroz que no duda en enfrentarse a la gaviota más bestia por un pescado pasado de frescura.

Voramar. Foto de Noelia P.A.
  Todo comenzó en el momento en que Voramar1 decidió levar anclas rumbo a tierra. Tres años sobreviviendo entre las costas más snobs y los puertos más cutres, le habían convertido en un fornido bicho malencarado que lucía sus cicatrices como los galones de un general. Pantagruel —su primer lugarteniente— intentó disuadirlo sin éxito, y es que, cuando un felino que se ha enrolado a bordo de toda clase de buques decide liar el petate, lo lía.

Abandonó Voramar su vida de «lince de mar» sin mirar atrás, dejando a Pantagruel el mando del puerto.

Foto de J.J. P.

El gato errante dedicó un día entero a vagar sin derrota para explorar todas sus posibilidades. Ciertamente, había desembarcado en tierra de promisión, aunque aquellas grotescas embarcaciones a motor que rugían a todas horas eran exasperantes. En cuanto al resto de la fauna: las aves y las ratas eran bastante escurridizas, en cambio, los perros eran unos botarates que se dejaban amarrar y amordazar. «¡Una vergüenza para su especie!» —pensaba Voramar. Una sola vez le hincó el diente a una cucaracha; tuvo que escupirla, ¡sabía a rayos! «Las portuarias están mejor condimentadas» —rezongó—. «Estas urbanitas carecen de ese incomparable regustillo a mar».
En la cuarta luna de travesía, se acercó a un grupo de gatos callejeros. El jefe era un viejo fanfarrón que sólo embaucaba a los tarambanas que componían su manada. A Voramar no le costó mucho hacerse con el timón de aquel «banco de arenques»; el siguiente paso sería engrosar la manada con nuevos adeptos. ¡Pronto ascendería a comandante en jefe de la ciudad!

VORAMAR. Foto de J.J. P.

La noche es siempre la mejor cómplice de los felinos, por eso, Voramar aprovechaba la cegadora calma nocturna para explorar. En una de esas incursiones conoció a Bizcocho, un fugitivo que vivía oculto en los sotobosques de la urbe. Al principio le pareció un mequetrefe, luego miró más allá de sus bigotes y descubrió que el gato casero no era ningún besugo.




BIZCOCHO. Foto de Ana P. d.l.C
—¡Marinero, saca el siamés que llevas dentro y mira al frente! —le gritó Voramar, resuelto a convertirlo en su segundo lugarteniente.
Lo de mirar al frente fue tarea inútil —Bizcocho era bizco de nacimiento—, pero lo de eructar temperamento, ¡pan comido!: él era descendiente de la felina y majestuosa estirpe del reino de Siam.
La creciente manada fue acomodándose sigilosamente en la ciudad de A…; Voramar y Bizcocho disciplinaron a su marinería para evitar los cebos envenenados, abordar las nidadas, entrampar a las aves migratorias y escarnecer a las gaviotas que trataban de colonizar las azoteas.
El conflicto llegó cuando las hembras iniciaron el celo. Si algo caracteriza a un gato siamés es su tenacidad a la hora perpetuar su linaje.
A espaldas de su comandante en jefe, Bizcocho gestó un sucio motín: «¡No es justo que sólo él se aparee!» —arengaba a los machos— «¡Alzad vuestros maullidos a la Luna y emparejaos, cofrades!». Y así fue cómo se lio parda, canela, moteada, y de todos los colores imaginables sobre la piel de un lindo minino.
Voramar, que ya había vivido unas cuantas rebeliones a lo largo de su vida, dejó que los amotinados se sintieran confiados antes de propinarles un zarpazo disciplinario.
Un atardecer, viró a puerto para reclutar a su primitiva tripulación: «Les daré una lección a esos marrajos en conserva. ¡Nadie saboteará mi nave mientras me quede un miau!» —Le confió a su noble Pantagruel.

PANTAGRUEL. Foto de J.J. P.

Ya de vuelta terra endins2, ordenó al bisoño Halacabullas que reuniese a toda la manada, con Bizcocho al frente.
—Pronto tendré a ese rufián trincado por la cola —pensó mientras veía trotar a su correo.
Una vez reunidos, el viejo Voramar se encaramó a un contenedor y comenzó su discurso:
»—¡Ha llegado a mis oídos el descontento general!...
—¡Por eso, aquí y ahora, reto a cualquiera que ansíe arrebatarme el mando de esta dotación de percebes!
Un silencio tembloroso dominó del aire. Bizcocho dio un paso al frente y recogió el desafío.
—¡Tú, miserable rémora! —le espetó Voramar—¡Prepárate para convertirte en cebo para ratas!
—¡En garde3! —maulló Bizcocho sin amilanarse.
Los antagonistas se enzarzaron en una pelea leonina bajo la atenta mirada de sus huestes —ambas prestas a responder ante la primera señal de ofensiva.
El combate fue cruento, los contendientes presentaban un aspecto lamentable: Bizcocho había perdido más de media oreja; Voramar luchaba con un solo ojo abierto; los mechones de pelo volaban al compás de la reyerta, y ninguno daba su rabo a torcer. Después de media hora, Voramar le asestó a Bizcocho el golpe que puso fin a la guerra…
O   eso   creían
Un nuevo silencio nubló la escena. Halacabullas, el desgarbado gatillo atigrado, maulló como un coyote y se plantó en el campo de batalla:

MALATESTA, bautizado por la manada como HALACABULLAS.
—¡Mi verdadero nombre es Malatesta y reto a Voramar por el mando supremo!
—¡No eres más que un grumete! ¡Sólo los oficiales tienen derecho a retar a su comandante! —le escupió Pantagruel.
 —Tal vez no sea más que un grumete para vosotros —continuó el impasible Malatesta— pero yo nací en un establo, tengo sangre de gato silvestre corriendo por mis venas; en astucia he vencido al zorro, ¡y hasta al propio Hombre!
Mis orígenes me otorgan el derecho de pugnar por el liderazgo —sentenció con arrogancia.
—¡No es justo! —Intervino Pantagruel—. ¡El comandante Voramar debe curar sus heridas o designarme como su paladín!
—Eso es inaceptable —dijo Malatesta—. Si es incapaz de defender el timón con sus propias garras, ¡es que no lo merece!
Entonces, Voramar se levantó, apartó a su primer lugarteniente y le bufó a Malatesta: «¡¿Listo para el Gran Viaje?!»
Inmediatamente apartaron a Bizcocho, que todavía se lamía las heridas, y comenzó la pelea. Durante varios minutos sólo se vieron borrones negros y anaranjados que colisionaban y se alejaban como dos astros magnetizados. Mas, en esta ocasión, la desigualdad de fuerzas arrojó a Voramar a una pronta e inexorable derrota.


VORAMAR. Foto de J.J. P.

 Malatesta ocupó la jefatura de manada sin que nadie se opusiera. Voramar y su fiel Pantagruel iniciaron el Gran Viaje al exilio. Y las gatas pensaron que, si todo esto lo había causado la voracidad de los machos por consolidar su propio clan, tal vez, ellas podrían darle la vuelta al gato. Pero esa es otra historia…


Lola Lindaminina. Foto de Ana F.




Moraleja:  No caces más ratones de los que puedas tragar.




Foto de J.J. P.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Juego de chinos






El hombre triste se miró en el cristal tintado, sacó la cartera, extrajo sus últimos cinco euros, se volvió a mirar en el cristal y guardó el billete.
Al día siguiente, en la tienda de ultracongelados, volvió a sacarse la cartera para decir adiós a su reserva de capital; abrió el billetero y descubrió que en él habían dos billetes de cinco euros. Atónito, se puso a pensar de dónde podían haber salido: él vivía solo, y nadie en su sano juicio le robaría la cartera para meterle dinero —él nunca lo haría—. Rebobinó su memoria hasta el momento en que se vio reflejado con un billete en la mano y la amargura en el rostro. Entonces, regresó al lugar donde sucedió el prodigio, y el prodigio se repitió.
Aquel golpe de suerte resucitó su ansia de cazar a la escurridiza fortuna. Un día tras otro volvía al lugar milagroso, al principio sólo con dinero, luego con objetos de lujo, incluso trató de duplicar a la camarera del restaurante que frecuentaba, pero el experimento no resultó y la mujer se negó a volver a dirigirle la palabra.
Así amasó un gran capital, hasta que un día la puerta del edificio de viviendas, que tanta riqueza le había proporcionado, desapareció: ni puerta, ni cristal tintado, ni milagro. Nada.
La urbanización había sido declarada en ruinas por el ayuntamiento de C…; sus habitantes, desahuciados y durmiendo bajo el umbral de pobreza; el hombre triste tuvo que conformarse con ser el hombre más rico del pueblo.
La explicación a este insólito fenómeno la dio un experto, que tras cruzar el mundo de parte a parte, descubrió que la riqueza viaja de un bolsillo a otro, de manera que cuando una persona se enriquece de forma exponencial, muchos otros lo pierden todo. Citando al viejo trotamundos: «La fortuna de uno es la ruina de muchos».

Cuento publicado en el libro de microrrelatos "Pelusillas en el ombligo". Editorial Lastura (2015)


viernes, 31 de octubre de 2014

HALLOblogWEEN 2014







Infernum

El calor veraniego se había arrastrado hasta el 31 de octubre como una repugnante babosa. Los ciudadanos callejeaban de noche como muertos vivientes porque, durante el día, corrían el riesgo de caer fulminados por un viento al que ya habían bautizado como «halitosis del infierno».
La ciencia era concluyente: «las causas de esta anomalía atmosférica residen en el cambio climático»; los teólogos, tajantes: «Dios nos castiga…»; sin embargo, los espiritistas eran más prudentes: «Hemos captado una serie de señales que podrían indicar una perversión de las corrientes telúricas, probablemente corrompidas por la acumulación de energía negativa».
Fuera como fuere, la realidad es que esta alteración atmosférica provocó la migración hacia las playas continentales de todo ser vivo con sangre en las venas; no sólo por la posibilidad de refrescarse en aguas saladas, también porque la falta de lluvias y la calidez diurna habían provocado la liquidación de todos los recursos vitales. El panorama pintaba mal para los supervivientes, pero el verdadero holocausto no llegó hasta que unos monstruos abisales emergieron del más absoluto caos para reinar entre el cielo y la tierra. No creáis que estoy hablando de simples cefalópodos con mala baba, hablo de unos seres que nadie en el mundo conocía porque jamás pudieron ser fotografiados, diseccionados y expuestos en un museo; ni los lobos más feroces habrían logrado concebir a semejantes bestias. Poco a poco, la población fue menguando: decenas murieron antes de que todos desarrollaran el «hambre caníbal» —lo que les ahorró la mortificación; los más acabaron desmembrados, digeridos y… con la escasez, vueltos a digerir frente a las límpidas y yermas aguas oceánicas.

http://www.teresacameselle.com/2014/10/pasen-y-vean-halloblogween-2014.html

miércoles, 22 de octubre de 2014

El anarquista







Señaló con el índice la fecha de su dietario, miró al frente y se perdió en la contemplación del primer amanecer mientras la brisa de levante le alborotaba el raleado cabello; acabó de preparar la bolsa y se la colgó al hombro, por último, tiró las llaves sobre el escritorio y cerró la puerta sin mirar atrás.
Lo tenían todo previsto. Sólo le restaba dejar en la consigna un comunicado grabado en DVD; tras el golpe de mano, nada volvería a ser igual.
Antes de que la poli asaltara el despacho con una orden judicial, el diputado corrupto ya había puesto pies en polvorosa. El chivatazo llegó tarde y la tierra engulló a otro leal demócrata.

lunes, 13 de octubre de 2014

Centinelas





Foto de Álvaro P.L.



Lo hallaréis apostado en el interior de las grietas, en los surcos del camino, en las más hermosas umbrías…
Creyeron los hombres que jamás dejaría de alimentarlos, vestirlos, cobijarlos y otorgarles poder sobre todo lo visible y lo invisible; lo que nunca entendieron —o nunca aceptaron— es que ella no es el tipo de cornucopia que otorga dádivas.
Los primeros humanos que dieron el salto evolutivo pactaron con Gaia un trueque a perpetuidad. A lo largo de los siglos, las transgresiones humanas aumentaron en proporción directa a su ascenso en la pirámide evolutiva… y en inversa proporción a la supervivencia de la especie.
Al fin, Gaia ha ordenado a sus centinelas que se materialicen en una amalgama de hielo y pedernal; ellos son quienes han desencadenado, tanto las aguas polares como las rocas magmáticas: su avance destructor continuará mientras no se negocie un nuevo contrato entre la humanidad y su gran casera, la Madre Tierra.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

¡Chispas!







Era un tipo de edad… corriente; ataviado según la etiqueta que obliga el tedioso calor veraniego, con una mochila de superviviente colgada a la espalda aunque eso lo ignoró mi pertinaz miopía y una perra saltimbanqui tironeando de su correa para «retar» a mi viejo fisgón.
¡Chispas!  Es el nombre que le dio el trotamundos a esta cachorra de «contenedor de basura» antes de hurtársela a la muerte, a fuerza de voluntad y unos caritativos biberones. Gracias a este encuentro, lograron salvarse la vida el uno al otro y conste que no lo digo para haceros moquear, sólo transcribo lo que ambos me dijeron…
(Dondequiera que paren vuestros mocos, no me incumbe).

Desde tiempos inmemoriales, las fábulas han humanizado, e incluso divinizado, a los seres que conforman la Naturaleza —en mi opinión, una maniobra primaria que sólo retrasó lo inevitable—. Lo paradójico de esta «humanización» reside en el hecho de que fueron concebidas para inculcar valores éticos y despertar la empatía, o el miedo; sin embargo, tras recibir infinitos papirotazos a discreción advertimos, de sopetón, que un ser de otra especie se ha convertido en nuestro «más-mejor» amigo: precisamente porque carece de la impronta humana, por su naturaleza diáfana, porque la lealtad mutua es el vínculo más puro jamás conocido.

¡Buena suerte!





domingo, 14 de septiembre de 2014

Apokálypsis






Las serpensimas nacen de las extremidades tronchadas de los serpens, unos árboles contorsionados que buscan y devoran con avidez los rayos lunares que alimentarán  a los ofidios que gestan en las entrañas de sus raíces; una vez maduros, los reptiles ascienden por el sinuoso fuste del serpens y permanecen aletargados en el interior de las ramas, a la espera del Viento de Nadir.
El sol asomaba por la loma como todas las mañanas de todos los días de mi vida, de todas las vidas de mis antepasados. Lo que distinguía ese amanecer del resto era la bronca que se avecinaba: los campesinos no daríamos nuestro brazo a torcer y «los fumadores de puros» estaban decididos a colonizar nuestras tierras, aun a costa de las bajas de sus subalternos, y de los hijos de las hijas de estos.
No había nada que sopesar: morir por las tierras o morir de hambre, esa era la disyuntiva que empujaba a campesinos y subalternos hasta el campo de batalla; a los del puro les traía al pairo las consecuencias, siempre y cuando, «ellos», tuvieran beneficios.


Foto realizada por Marcos P.L. (8 años)



«¡Silencio! ¡La ignorancia debe ser castigada!» —al menos eso voceaban en el colegio antes de sacudirnos el polvo—. Y como las Normas que rigen el «Sistema de normas», también están subyugadas por las caprichosas Excepciones…, resultó que esta norma magistral carecía de excepciones, —lo que explica que a todos los colegiales nos desempolvaran de tanto en tanto.
A las ocho en punto de la mañana de aquel martes, los contendientes nos ordenamos frente a frente, como si fuéramos a participar en el juego del pañuelo. Antes del pistoletazo de salida, notamos un viento abrasador que emergía de la tierra. ¡¿Cómo era posible?! Lo que siguió a esta anomalía resultó más turbador incluso: decenas de serpientes comenzaron a rodearnos, algunas con una sola cabeza, las más, con tres, pero todas ellas provistas de cuernos y pústulas que recordaban a la viruela boba. La perfecta formación que manteníamos se disolvió entre carreras y gritos agónicos; ese día no habría «juego del pañuelo», y tampoco los siguientes.
Las temibles bestezuelas se adueñaron de nuestro mundo; las gentes morían, y «los fumadores de puros» no tuvieron beneficios, de hecho, cuando tras encerrarse en sus búnkeres consumieron sus reservas de alimentos y puros, empezaron a practicar el canibalismo: «políticas de los clubes del búnker», según mi abuelo.
Sobre la superficie, mujeres, hombres, niños, y algún exfumador, nos organizamos para luchar contra aquel infierno. Aprendimos a vivir de prestado sin perder la esperanza; reabrimos la puerta a una época en la que «ser» era más importante que «poseer», una sabiduría que pueblos, ya extintos, intentaron legarnos.
Un día, el sol asomó por la loma como todas las mañanas de todos los días de mi vida, de todas las vidas de mis antepasados. En ese amanecer, las serpensimas se tornaron ceniza cuando el Viento de Nadir exhaló su último soplido.


Foto realizada por Álvaro P.L. (5 años)