domingo, 23 de febrero de 2014

Crimen perfecto


--------------------------------

CRIMEN PERFECTO

--------------------------------





La crónica que paso a relatar no es más que otra prueba de que nadie está a salvo de esa jodida yonqui del humor negro que es la vida.
Acaeció la noche en que decliné salir de copas con mis compañeros. La jornada había transcurrido entre los juzgados, la comisaría y el anatómico forense —en éste último tuve que soportar, con una sonrisa, las miradas lascivas del tipo de la morgue —. Por ese motivo, mi única obsesión después del trabajo consistió en volver a casa y darme una ducha caliente antes de acostarme. Lejos de alcanzar mi meta, decidí atajar por un pasaje cuyo bullicio procedía del inaudito número de baretos apiñados a diestra y siniestra. Crucé a paso ligero; antes de alcanzar la calle Mercaderías algo se aferró a mi cuello y me hizo retroceder hasta una caverna; de nada me serviría enarbolar mis «derechos humanos», el estilete que destellaba ante mis ojos me lo dejó bien clarito. Me había topado con un depredador, uno de esos que en el periódico retratábamos como «los antropófagos de la era moderna». La situación era grave y pensé rápidamente en mis opciones: «Apechugo y me dejo espachurrar o me zafo de las fauces de este zafio zurullo». No puedo evitar que me salte la vena cómica en los momentos críticos… En todos…
A la mañana siguiente me desperté en la cama. Me había acostado vestida y mis ropas hedían a sangre resacosa. Poco a poco volví en mí; empecé a recordar. Durante el primer campamento, uno de los monitores empezó a portarse mal con las niñas. Mi madre, no sólo me había prevenido sobre estos depravados, sino que además se había asegurado de que «su princesita» adquiriera los medios básicos para tajar de raíz... Siempre llevo a mano una pieza tan fútil que se sorprenderían ustedes de lo mortalmente eficaz que resulta cuando sabes usarla.
Tras un proceso tedioso, la justicia me absolvió por considerar que me hallaba en estado de chifladura pasajera en el momento del ataque y que liquidé al cabrón en legítima defensa, ya que una vieja llave desportillada no es el último grito en armas letales. (Sentencia parafraseada).
Esta es la crónica completa de mi acto de supervivencia. La narración de mis colegas en los informativos de la tarde fue más encaminado a denunciar «el crecimiento de la criminalidad y la vulnerabilidad de algunos sectores de la población»; a computar «casos similares y las probabilidades de salir incólume…» de tal envite; a celebrar el valor de una servidora o a enaltecer «la feliz intervención divina... A Dios gracias» todo depende del grosor novelesco de la línea editorial.
En cuanto al paradero del monitor… El secreto ha quedado silenciado en el panteón de la familia García.

lunes, 17 de febrero de 2014

La pesadilla de Pinsapo








En las noches de tormenta, cuando la luz se extingue en las lámparas y todos los televisores permanecen ciegos y mudos, el abuelo Florián enciende la pipa de barro y da comienzo a una de sus increíbles historias.
En esta ocasión mis hermanos, hermanas y yo íbamos a vivir:
La pesadilla de Pinsapo

»Pinsapo era un niño como vosotros —comenzó el abuelo—. Ni muy alto ni muy bajo; ni muy ancho ni muy estrecho; ni moreno, ni rubio, ni pelirrojo…

¡Caramba, abuelo! —interrumpió Sabina—. Si no era ni una cosa ni otra… entonces, no era como nosotros.

»¡Ay! —suspiró el abuelo—.Querida mía, Pinsapo no era ni más ni menos que un chico como todos.

Pero abu’, no es posible que fuera como TODOS, porque cada uno de nosotros es diferente a los demásobjetó Cedro.

»Pues lo que yo decía, ¡como todos!

¡Vaya lío, abuelo Florián! —se enfurruñó Teca.

»¿Queréis que siga o no? —preguntó el abuelo humeante.

¡Sigue, sigue! —gritamos todos a un tiempo.

»Bien… por dónde iba… ¡Ah, sí!

Pinsapo, que era un niño como todos los niños, tenía un postre favorito, una colección de anzuelos, un sapo verrugoso, un secreto escondido y un tablero de ajedrez. Y como todos los niños, sentía la necesidad de competir con todo el mundo para probarse a sí mismo.

El caso es que Pinsapo era el capitán del equipo de ajedrez de su escuela, El Sotobosque, y aunque llevaba muy mal lo de perder una competición regional, peor era cuando alguien de su equipo conseguía hacerle sombra. Por esta razón, curso tras curso, Pinsapo preparaba una asechanza para impedir que Taray entrara en ¡SU equipo de ajedrez! Bien sabía Pinsapo, que Taray era uno de los mejores ajedrecistas de la región; así pues, el Capitán del Equipo de Ajedrez hizo siempre lo imposible por ocultar ese envidiable don a toda la escuela.

¡Qué injusto! —Me indigné— ¿¡Por qué Taray no se rebeló?!

»Porque Pinsapo tuvo la astucia de ganarse la confianza de Taray; se ofreció a entrenarle y le prometió que haría lo posible para que el equipo lo admitiera. Taray nunca sospechó que las intenciones de su amigo se habían gestado en la cloaca de los celos; el ingenuo se tragó sus embustes y continuó esforzándose por mejorar su «deficiente juego» para ganarse un puesto entre de los miembros del equipo.

¡Parece una historia real! —Exclamó el pequeño Arce.

»Es que lo es —afirmó el abuelo dibujando aros de humo.

Todos nosotros nos removimos en nuestros cojines, cerramos la boca con cremalleras de aire y abrimos, de par en par, los ojos y las orejas.

»Pinsapo se levantó una mañana muy contento: Acababa de añadir a su colección un anzuelo de cuatro cabezas; SU equipo, había ganado su vigésimo campeonato consecutivo; y, por fin, había conseguido que Araucaria —la última partidaria de Taray— odiara a su rival, «el genio ignoto». Por tanto, él, seguía siendo el Rey del Ajedrez… y de los anzuelos.

Muy lejos estaba su ánimo de prever las espinas que la suerte le tenía deparadas.

Después de desayunar cogió su cartera y salió silbando de casa. Como se le habían pegado un poco las sábanas, y ya tenía una falta por retraso, decidió atajar por el Bosque de los Abetos. Iba muy alegre y confiado cuando, ¡de pronto!, vio a un ser nauseabundo deslizándose sobre los despojos de un abeto seco.

«—Buenos días, sabio caballero —dijo la cosa».

Pinsapo, recuperado de la impresión, templó los nervios y se enfrentó al espeluznante miedo:

«—¿Quién eres?» —preguntó con voz grave.

«—Soy Orco, dios del Inframundo. Puedes llamarme Muerte, si lo prefieres».

Ante aquella respuesta, Pinsapo comenzó a temblequear.

«¿Qué podrá querer la Muerte de un brillante chico como yo?» —Se preguntó aterrado.

Orco sonrió complacido por la reacción del petulante zagal; ello provocó en el desventurado Pinsapo, una nueva tanda de temblores y tembleques.

«—No temas, bravo guerrero. Tu fama como ajedrecista ha llegado hasta el Inframundo. ¿Sabes?..., allí nos aburrimos mortalmente, por eso jugamos mucho al ajedrez, el juego de los Reyes. Sin embargo, como estamos cansados de competir entre nosotros, hemos decidido invitar a Maestros y Maestras ajedrecistas a nuestro Campeonato de los Dioses, así será más emocionante».

Las palabras “Maestros ajedrecistas” y “Campeonato de los Dioses” marcaron a fuego el ego de Pinsapo. Pero, no era tan estúpido como para seguir a la muerte sin antes asegurarse el regreso a casa y… conocer la naturaleza del premio. Así se lo hizo saber a Orco.

Descubre lo que sucederá en:

 

 

 

lunes, 10 de febrero de 2014

¡Qué vida más pulpa!





      
 Había una vez un bichejo resbaloso que vivía en “L’Ancha Mar”. Al principio arrastraba un pesado caparazón en la que se refugiaba cuando había peligro. Luego, viendo lo bien que se lo pasaban los delfines, decidió que era hora de ser valiente, abandonar su armadura y vivir a la aventura.
Cuando nadaba por “L’Ancha Mar”, el resto de bichitos marinos se quedaban pasmados.
—Con ese cabezón debe tener una boca muy grande… —gimió un berberecho.
—Y con tantas patas —balbuceó un gambusino— podría atrapar a muchas presas a la vez.
Peor, incluso, era cuando decidía abandonar el lecho marino y levantaba el vuelo cerca de la superficie:
—¡Es un fantasma!
—¡No! ¡Es un extraterrestre!
—¡Os equivocáis! ¡Es un globo aerostático! 

«¡¡¿Un quééé?!!»

Un día, Pulposete —que es así como se llama nuestro bichejo— decidió que estaba cansado de nadar de un lado a otro. Añoraba su antigua vida de “molusco-acorazado” y decidió buscar un lugar donde instalarse. Así fue como encontró una espaciosa cueva a los pies de un volcán dormido. Tan a gusto se sintió que decidió establecerse allí; la amuebló con un arcón lleno de mullidas algas, construyó una estantería para sus libros y cubrió el suelo de alfombras persas; incluso, se fabricó un caleidoscopio con un catalejo de latón, tres espejos, dos láminas de vidrio y varios fragmentos de nácar capaces de retener la luz solar durante días. 
Supongo que os preguntaréis de dónde sacó todo eso.
Pues bien, resulta que en el fondo de la Mar podemos encontrar de todo; además de la basura que algunos navegantes cochinos tiran por la borda de sus barcos, también hay ricos tesoros escondidos en los pecios.
¿Que qué son los pecios?
Los pecios son, en su mayoría, naufragios de naves que yacen en los fondos oceánicos —ocasionalmente acompañados de esqueletos de marineros—. Algunos de estos pecios tienen semanas, muchos otros, siglos de antigüedad; hay carabelas españolas, galeras griegas y romanas, mercantes fenicios, dracares vikingos y daneses, galeones, fragatas, bergantines, goletas, trasatlánticos, petroleros…
…Pero eso es otra historia…
Pulposete pasaba los días leyendo cuadernos de bitácora (los blogs de los capitanes de barco); prendiendo rayos de sol en su caleidoscopio; tocando el laúd, y cazando lo que se ponía al alcance de sus ocho tentáculos.
Uno de esos días que regresaba de cazar, descubrió que alguien había invadido su casa.
—¡Eh tú! ¡Ésa es mi casa! ¡Ya te estás largando, pulpejo!
Al invasor no le gustó nada el tono desabrido de Pulposete. Se ancló con sus ventosas a las paredes de la cueva, y le gritó:

—¡Mi nombre es Pulpo’kupa, y no PULPEJO! Esta cueva estaba deshabitada cuando he llegado, por lo tanto, según las “Leyes de L’Ancha Mar”, ¡me pertenece!
Pulposete se puso rojo y de su piel brotaron unas protuberancias ásperas; más se parecía a una masa de magma que a un pulpo; sin duda, estaba rabioso. Sin pensárselo dos veces, embistió a Pulpo’kupa con el arranque de una locomotora embravecida. 
¡Cataplum-Flish-Flosh! 

El choque fue demoledor. Ambos “Piesenlacabeza” (cefalópodos, en nuestra lengua) se enzarzaron en una batalla viscosa en la que dieciséis tentáculos se enrollaban y desenrollaban, en un intento por taponarle la nariz —perdón, el sifón— a su contrincante.
Cinco minutos después los dos adversarios aflojaron los nudos y se dejaron caer en la arena. Dado que los dos eran muy fuertes, decidieron aplicar la última norma de la FLIPE (Federación de Lucha Internacional de Pulpo-Enganchón):

«8. LAS CONTIENDAS ENTRE OCHOPIÉS (octópodos) NO DEBERÁN SUPERAR LOS CINCO MINUTOS DE DURACIÓN EN VIRTUD DE LA ADVERTENCIA DEL Anexo 1, apartado a)»
«ANEXO 1:
a) LA ESPERANZA DE VIDA DE LOS PULPOS Y PULPAS ES SÓLO DE ¡TRES AÑOS!»
—¿Qué te parece si lo echamos a suertes? —sugirió Pulpo’kupa.
—De eso nada —resopló Pulposete.
—Pues tú dirás…
—Creo que lo mejor será acudir al Desentuertador.
Conformes, y recuperados de la contienda, pusieron rumbo al “Cañón de los Entuertos” donde encontraron la cueva en la que se juzgaban las querellas por habitáculos.
Al entrar en la sala se encontraron con un formidable pandemónium. Un cangrejo ermitaño le metía la pinza en el ojo a otro, al tiempo que un bogavante uniformado trataba de separar a los dos crustáceos.

 

Descubre lo que sucederá en:

martes, 4 de febrero de 2014

Papirola Corazón de Dragona







          Papirola no tiene frío ni calor; no tiene hambre ni sed; no tiene sueño, ni sueños; Papirola sólo tiene en sus bolsillos un puñado de miedos redondos:
Al agua, que la puede deshacer.
Al fuego, que la puede calcinar.
Al barro, que la puede acartonar.
Al viento, que la puede arrugar.
Al cúter, que la puede desgarrar.
Al tintero, que la pude manchar.
A la piedra, que la puede aprisionar.
Al pescadito de plata, que la puede devorar.
Al olvido, que la puede emborronar.
A la soledad, que la puede desintegrar
Y con estas “redondas” pertenencias, Papirola recorre el mundo con La Valentía por montura.
No es que Papirola sufra mieditis “papélica”, lo que sucede es que ella se siente frágil e ignorante. Si fuera una auténtica miedica se enfundaría una camisola de plástico y se escondería en el tomo 83 de la Historia Universal de las Tuercas y Bisagras de Latón.
¿A qué se debe, entonces, que una delicada figurilla de papel recorra el vasto mundo? La respuesta es sencilla: Papirola busca Papiroflexia; un paraíso, donde las papirolas viven en paz y sólo portan en sus bolsillos, los secretos humanos peor guardados.

Descubre lo que sucederá en: