¡Qué vida más pulpa!





      
 Había una vez un bichejo resbaloso que vivía en “L’Ancha Mar”. Al principio arrastraba un pesado caparazón en la que se refugiaba cuando había peligro. Luego, viendo lo bien que se lo pasaban los delfines, decidió que era hora de ser valiente, abandonar su armadura y vivir a la aventura.
Cuando nadaba por “L’Ancha Mar”, el resto de bichitos marinos se quedaban pasmados.
—Con ese cabezón debe tener una boca muy grande… —gimió un berberecho.
—Y con tantas patas —balbuceó un gambusino— podría atrapar a muchas presas a la vez.
Peor, incluso, era cuando decidía abandonar el lecho marino y levantaba el vuelo cerca de la superficie:
—¡Es un fantasma!
—¡No! ¡Es un extraterrestre!
—¡Os equivocáis! ¡Es un globo aerostático! 

«¡¡¿Un quééé?!!»

Un día, Pulposete —que es así como se llama nuestro bichejo— decidió que estaba cansado de nadar de un lado a otro. Añoraba su antigua vida de “molusco-acorazado” y decidió buscar un lugar donde instalarse. Así fue como encontró una espaciosa cueva a los pies de un volcán dormido. Tan a gusto se sintió que decidió establecerse allí; la amuebló con un arcón lleno de mullidas algas, construyó una estantería para sus libros y cubrió el suelo de alfombras persas; incluso, se fabricó un caleidoscopio con un catalejo de latón, tres espejos, dos láminas de vidrio y varios fragmentos de nácar capaces de retener la luz solar durante días. 
Supongo que os preguntaréis de dónde sacó todo eso.
Pues bien, resulta que en el fondo de la Mar podemos encontrar de todo; además de la basura que algunos navegantes cochinos tiran por la borda de sus barcos, también hay ricos tesoros escondidos en los pecios.
¿Que qué son los pecios?
Los pecios son, en su mayoría, naufragios de naves que yacen en los fondos oceánicos —ocasionalmente acompañados de esqueletos de marineros—. Algunos de estos pecios tienen semanas, muchos otros, siglos de antigüedad; hay carabelas españolas, galeras griegas y romanas, mercantes fenicios, dracares vikingos y daneses, galeones, fragatas, bergantines, goletas, trasatlánticos, petroleros…
…Pero eso es otra historia…
Pulposete pasaba los días leyendo cuadernos de bitácora (los blogs de los capitanes de barco); prendiendo rayos de sol en su caleidoscopio; tocando el laúd, y cazando lo que se ponía al alcance de sus ocho tentáculos.
Uno de esos días que regresaba de cazar, descubrió que alguien había invadido su casa.
—¡Eh tú! ¡Ésa es mi casa! ¡Ya te estás largando, pulpejo!
Al invasor no le gustó nada el tono desabrido de Pulposete. Se ancló con sus ventosas a las paredes de la cueva, y le gritó:

—¡Mi nombre es Pulpo’kupa, y no PULPEJO! Esta cueva estaba deshabitada cuando he llegado, por lo tanto, según las “Leyes de L’Ancha Mar”, ¡me pertenece!
Pulposete se puso rojo y de su piel brotaron unas protuberancias ásperas; más se parecía a una masa de magma que a un pulpo; sin duda, estaba rabioso. Sin pensárselo dos veces, embistió a Pulpo’kupa con el arranque de una locomotora embravecida. 
¡Cataplum-Flish-Flosh! 

El choque fue demoledor. Ambos “Piesenlacabeza” (cefalópodos, en nuestra lengua) se enzarzaron en una batalla viscosa en la que dieciséis tentáculos se enrollaban y desenrollaban, en un intento por taponarle la nariz —perdón, el sifón— a su contrincante.
Cinco minutos después los dos adversarios aflojaron los nudos y se dejaron caer en la arena. Dado que los dos eran muy fuertes, decidieron aplicar la última norma de la FLIPE (Federación de Lucha Internacional de Pulpo-Enganchón):

«8. LAS CONTIENDAS ENTRE OCHOPIÉS (octópodos) NO DEBERÁN SUPERAR LOS CINCO MINUTOS DE DURACIÓN EN VIRTUD DE LA ADVERTENCIA DEL Anexo 1, apartado a)»
«ANEXO 1:
a) LA ESPERANZA DE VIDA DE LOS PULPOS Y PULPAS ES SÓLO DE ¡TRES AÑOS!»
—¿Qué te parece si lo echamos a suertes? —sugirió Pulpo’kupa.
—De eso nada —resopló Pulposete.
—Pues tú dirás…
—Creo que lo mejor será acudir al Desentuertador.
Conformes, y recuperados de la contienda, pusieron rumbo al “Cañón de los Entuertos” donde encontraron la cueva en la que se juzgaban las querellas por habitáculos.
Al entrar en la sala se encontraron con un formidable pandemónium. Un cangrejo ermitaño le metía la pinza en el ojo a otro, al tiempo que un bogavante uniformado trataba de separar a los dos crustáceos.

 

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Comentarios

  1. Me ha encantado la fábula de Pulposete y sus amigos. En primer lugar, porque es muy amena y divertida. En segundo, porque enseña cosas que pueden interesar a niños y mayores. Me parecen un acierto también tus "desbarres" gráficos y léxicos. Se nota que te lo has pasado genial escribiéndolo. Algo que mejorar: la raya o guión largo en diálogos y acotaciones. Pulsa Alt Gr + control + guión.

    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Todos los cuentos llevan detrás un trabajo de documentación. Éste en concreto se me ocurrió mientras veía un documental del comandante Cousteau.

      Podría decir que todo el conjunto no es más que un efecto de formación profesional: el enfoque académico, el uso de "la palabra" para solucionar los conflictos; los "desbarres" que a la RAE le ponen los pelos de punta, pero que sirven para pescar lectores jóvenes... Sin embargo, la razón de este peculiar estilo es que, una vez plantada la semilla, las escenas se sucedían en mi mente en una vertiginosa espiral de locura y diversión. Creo que el sentido del humor sirve para aceptar realidades que, de otro modo, son intragables.

      A ver si encuentro la forma de solucionar lo de los guiones y las comillas. Gracias.

      Abrazotes.

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