jueves, 27 de marzo de 2014

Agente secreto Bo-Niatus I


Misión: El arca del semilletero

 

 


 



Me llaman Bo. Bo-Niatus.
Soy un espía al servicio de la Agencia Tubérculum (la AT). Mi jefa, Doña Patatús, dirige un comando especial cuya misión consiste en asegurar el aprovisionamiento mundial de frutas, cereales, hortalizas y legumbres en los comederos infantiles.
Era una fría mañana de otoño cuando Doña Patatús me ordenó regresar al cuartel.
—Agente Bo-Niatus, ya sé que se encuentra usted de permiso, sin embargo, un grave peligro me obliga a encargarle una misión:
SALVAR LAS HORTALIZAS DE LA EXTINCIÓN
Por supuesto, acepté de inmediato; cancelé la reserva  que tenía en el balneario Cataplasmáter y me puse en marcha.
Al parecer, un mercader llamado Devoracárnicus, se había propuesto aniquilar a todas las verduras, frutas y cereales de la Tierra; su objetivo final: «Obligar a todas las niñas y niños a comer, sólo, la carne producida en sus Mega-Granjas».
Mis órdenes eran claras: infiltrarme entre las filas del enemigo y desbaratar sus maquiavélicos planes.
Para cumplir su propósito, el tirano mercader había reclutado a unos ratones mercenarios, a los que puso al mando de una mugrienta horda de gusanos, babosas, cochinillas y pulgones. Divididos en pequeños grupos guerrilleros, tenían como objetivo arrasar a mis hermanos vegetales.
Disfrazado de ratón, anduve por los suburbios “roediles” en busca del contacto que me introdujera en la cúpula clandestina de Devoracárnicus. Mientras me jugaba la monda, mi enlace, el agente de intercambio Col —enviado desde Bruselas—, tenía órdenes de asegurar mi tapadera y transmitir la información recopilada.
La localización del cubil de Devoracárnicus era un enigma difícil de resolver. El agente Col y yo conseguimos destripar algunos de sus planes más terroríficos; no obstante, ganarme la confianza de los generales ratoneros nos llevaría demasiado tiempo: ¡el éxito de la misión dependía de la rapidez y la discreción de nuestros movimientos!
Así pues, planeé un falso ataque al vivero más importante de la región: El Semilletero. La Agencia Tubérculum preparó el escenario; los técnicos del vivero guardaron en un arca un completo surtido de semillas que debía ser puesta bajo la custodia de mis colegas, sin embargo, el general Rototó se presentó antes de la hora convenida.
A pesar del robo del arca, el engaño fue un éxito. Antes de dirigirme al cuartel clandestino, contacté con mi enlace, el agente Col; una de las babosas chivatas debió descubrirme porque fui capturado nada más pisar la guarida secreta. Una vez maniatado, me condujeron hasta el mismísimo Devoracárnicus.
—Colgadlo de las raíces —ordenó muy cabreado— y aplicadle la tortura más horripilante jamás inventada.
El general Rototó abrió el “Salvaje manual Desternillador”. Después de ojearlo un rato, entornó los ojos, arrugó el hocico y rugió entre dientes:
—¡Aplicadle la tortura 313!



¿Logrará el intrépido agente Bo librarse de la tortura? ¿Detendrá al malvado Devoracárnicus para que los comederos infantiles vuelvan a tener frutas y verduras en sus menús?

Descubre el final de esta misión en:

 





jueves, 20 de marzo de 2014

Mariquitamanchas







Desde los tiempos de los aquelarres, el robledal cercano a un río, no muy lejos de una aldea y escondido en un valle, es custodiado por una formidable colonia de mariquitas.
Estos insectos que habitan el robledal próximo al río, a dos pasos de la aldea y guardado en el valle, se dedican a una tarea fundamental: mantener a raya a los «devora-hojas»; se podría afirmar que estos escarabajos son los guardabosques del mencionado robledal...
Entre estas guardabosques se encuentra Mariquitamanchas. Una mariquita con dos antenas, como las demás, seis patas, como las demás, dos alas escondidas bajo unos élitros rojos, como las demás, y decorando los élitros, unas vistosas manchas negras…,
¿como las demás…? ¡NO!, ¡como las demás, NO!
Los lunares de Mariquitamanchas no son simétricos, es decir que las manchas del élitro derecho no se reflejan en el élitro izquierdo, y viceversa. En cualquier otra colonia esto no sería un problema, pero en el “disciplinado batallón de mariquitas” el asunto adopta un cariz muy distinto. Cuando cada atardecer la colonia se reunía en el dormitorio, un murmullo de indignación rompía la paz del robledal que hay cerca del río, etc., etc. Al principio eran comentarios discretos, pero con el paso del tiempo comenzaron a elevarse las críticas sobre la “estrambótica Mariquitamanchas”.
¿No se da cuenta que desentona con el resto de nosotras? —se indignaba una.
Preferiría ser una cochinilla antes que presentarme con esas pintas —afirmaba otra.
Es una vergüenza… —decían todas.
Mariquitamanchas sentía el desprecio de sus compañeras como una gota de agua fría. No era responsable de la asimetría de sus élitros y, desde luego, nada podía hacer para cambiarlos.
Llegó el día en que la jefa de su patrulla la mandó llamar:
Mariquitamanchas, lamento comunicarle que… —titubeó la general Marimandona—, lo cierto es que… el descontento de la colonia está poniendo en peligro la salvaguarda del robledal…y del valle entero, ¡vaya! Por ese motivo… —carraspeó con fuerza—, el Consejo Guardián ha decidido cesarla de su puesto… eehh… ¡despedirla, vamos!
Aunque a Mariquitamanchas no le sorprendió la noticia, siempre le picó la esperanza de que sus compañeras la aceptasen tal y como era.
Trató de convencer a la general Marimandona… Suplicó ante el Consejo Guardián… Nada consiguió… Cuando partió, todas las mariquitas le dieron la espalda mostrándole sus brillantes y simétricos caparazones.
Mariquitamanchas emprendió su destierro hacia el oeste. Se sentía tan triste que evitó cruzarse con los invertebrados del valle.
Una vez arribó a tierra de parias se acomodó en lo alto de la copa de un haya para pasar su primera noche de exilio. El hechizante reflejo de la luna llena que rielaba sobre las hojas y la danza de las estrellas, acunaron la creciente soledad de su corazón.
Es hermoso, ¿verdad? —oyó decir.
¿Quién eres? Déjate ver. —Tembló Mariquitamanchas consciente, por primera vez, de lo desprotegida que se encontraba sin su colonia.

Descubre el final de esta verifábula en:





sábado, 8 de marzo de 2014

¡Crac!


¡CRAC!
«¡Crac! No es el sonido que se produce cuando se hunde la economía del mundo, porque es irreal.
¡Crac! tampoco es el sonido que escuchas al pisar una mierda seca.
¡Crac!... es todo lo que queda cuando no queda nada de ti».
En algún punto entre la dicha y la tortura recordaba esa época de mi vida en la que creía saber quién era y adónde me dirigía; sin miedo, porque la juventud no entiende de «imposibles»; sin límites, porque mía era la pluma que trazaría el futuro.
Pasó hace años, cuando las noches sucedían a los días en un cuento de terror y tú te escondías bajo la cama para que el ogro no oliera tu presencia. Hacía seis años que nos habíamos casado, por la iglesia —«comodiosmanda»—, y con todos los testigos de nuestra unión presentes —si bien, andando el tiempo, juraran no conocernos—. Antes de saber quién era mi marido, llegaste tú, mi Gabriel. Por entonces ya existían indicios suficientes para nuestros amigos, en cambio, para mí, que vivía en mi propio castillo de princesas, nada era reprochable. Sólo cuando me convertí en tu madre, el mundo dio un salto mortal. Al principio lo atribuí a mi insignificancia, luego maldije tu nacimiento, Gabi; por último, todo mi ser estalló en un «¡crac!» sigiloso. Tardé años en darme cuenta y, todavía hoy, sigo reuniendo pedazos de mí. Sin embargo, la peor parte te la llevaste tú: en tu niñez, en tu ser más puro. De nada sirvió que te consolara entre mis brazos, porque fuiste testigo de cada insulto, cada golpe, cada vejación. Tus abuelos habían muerto y los amigos se habían marchado. Sólo estábamos tú y yo… frente al ogro.
Un día conocí a Mac. Yo esperaba en la sala de urgencias: «caí por las escaleras…» —les conté—. Los rayos X confirmaron el alcance de la rotura y Mac se ocupó de escayolarme; lo hizo con diligencia, como si sostuviera entre sus manos el ala de un gorrioncillo; no me interrogó ni trató de sonsacarme —a esas alturas ya sabía detectar las «malas artes»—. Ella no era así. Después de remendar mi brazo me invitó a un café: «eres la última paciente y necesito sacudirme la rutina… o ¡gritaré!» — me rogó con total desenfado.
Macarena y yo nos hicimos amigas —como dos niñas que comparten parque infantil: sin pretensiones ni condiciones— y con el tiempo, las heridas cicatrizaron. Un año después, tú y yo le dimos un portazo al ogro en las narices; pedimos el auxilio de la Justicia y el amparo de la Sociedad, hasta el día en que comencé a volar de nuevo.
Tú y yo, Gabriel y Marta, algo maltrechos pero con pleno poder para reescribir nuestras vidas: tu infancia y mi madurez.