¡Crac!


¡CRAC!
«¡Crac! No es el sonido que se produce cuando se hunde la economía del mundo, porque es irreal.
¡Crac! tampoco es el sonido que escuchas al pisar una mierda seca.
¡Crac!... es todo lo que queda cuando no queda nada de ti».
En algún punto entre la dicha y la tortura recordaba esa época de mi vida en la que creía saber quién era y adónde me dirigía; sin miedo, porque la juventud no entiende de «imposibles»; sin límites, porque mía era la pluma que trazaría el futuro.
Pasó hace años, cuando las noches sucedían a los días en un cuento de terror y tú te escondías bajo la cama para que el ogro no oliera tu presencia. Hacía seis años que nos habíamos casado, por la iglesia —«comodiosmanda»—, y con todos los testigos de nuestra unión presentes —si bien, andando el tiempo, juraran no conocernos—. Antes de saber quién era mi marido, llegaste tú, mi Gabriel. Por entonces ya existían indicios suficientes para nuestros amigos, en cambio, para mí, que vivía en mi propio castillo de princesas, nada era reprochable. Sólo cuando me convertí en tu madre, el mundo dio un salto mortal. Al principio lo atribuí a mi insignificancia, luego maldije tu nacimiento, Gabi; por último, todo mi ser estalló en un «¡crac!» sigiloso. Tardé años en darme cuenta y, todavía hoy, sigo reuniendo pedazos de mí. Sin embargo, la peor parte te la llevaste tú: en tu niñez, en tu ser más puro. De nada sirvió que te consolara entre mis brazos, porque fuiste testigo de cada insulto, cada golpe, cada vejación. Tus abuelos habían muerto y los amigos se habían marchado. Sólo estábamos tú y yo… frente al ogro.
Un día conocí a Mac. Yo esperaba en la sala de urgencias: «caí por las escaleras…» —les conté—. Los rayos X confirmaron el alcance de la rotura y Mac se ocupó de escayolarme; lo hizo con diligencia, como si sostuviera entre sus manos el ala de un gorrioncillo; no me interrogó ni trató de sonsacarme —a esas alturas ya sabía detectar las «malas artes»—. Ella no era así. Después de remendar mi brazo me invitó a un café: «eres la última paciente y necesito sacudirme la rutina… o ¡gritaré!» — me rogó con total desenfado.
Macarena y yo nos hicimos amigas —como dos niñas que comparten parque infantil: sin pretensiones ni condiciones— y con el tiempo, las heridas cicatrizaron. Un año después, tú y yo le dimos un portazo al ogro en las narices; pedimos el auxilio de la Justicia y el amparo de la Sociedad, hasta el día en que comencé a volar de nuevo.
Tú y yo, Gabriel y Marta, algo maltrechos pero con pleno poder para reescribir nuestras vidas: tu infancia y mi madurez.




Comentarios

  1. Un relato que demuestra que la soledad es un error, que se necesitan muchas manos para parar esto, y que la lectura es la mejor manera de crear individuos libres (que no pertenezcan a nadie).

    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Tienes toda la razón.
      La libertad individual, el respeto y un amor propio intransferible marcan la diferencia entre una vida plena y una vida de esclavitud abocada, siempre, a un final trágico.

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