jueves, 10 de abril de 2014

Agente secreto Bo-Niatus II

Misión: Azocar a nudo escurridizo

 

 



Entregados los informes finales de la detención de Devoracárnicus, me dirigí a mi ansiado descanso en Cataplasmáter. Mi futuro sólo presagiaba relajantes baños de fango burbujeante, limpiezas de mondadura y masajes radiculares.
Conduje mi leal camioneta durante dos horas. Cada curva del camino me obligaba a sujetarme los brotes, ya que, el viejo vehículo botaba como un saltamontes mareado.
El balneario estaba a los pies del volcán Tracatapún —por suerte, ya extinto.
A mi llegada, el señor Pella-Barrizal, me condujo hasta mi habitación. Deshice la maleta y corrí a mi primera sesión de pompas de lodo, no sin antes, pasar por la podadera para un recorte de brotes.
En el Salón de Desmoche, una joven risueña se ocupó de mis silvestres pimpollos.
—Relájese señor. Ya verá como queda divino.
La joven podadora blandió sus tijeras y comenzó a cortar.
—Agente Bo-Niatus —me susurró de repente—. Soy la agente Chirivía. Me envía Doña Patatús.
Cuando ya abría la boca para protestar, me chistó con firmeza.
—No me interrumpa. Los árboles frutales están en un serio peligro. Un misterioso criminal está deshaciendo sus nudos con el propósito de impedir el retoñado de ramas y hojas.
—¡Córcholis! —me horroricé— ¡Eso impedirá la floración!... y por tanto, ¡no habrá fruta!
—Exacto. ¡Por eso debemos partir sin demora!
Subí a la habitación y, en un pispás, me reuní en el parking  con la agente Chirivía.
—Yo iré en moto. Usted sígame. Le contaré los pormenores de la misión cuando lleguemos a nuestro destino.
La idea de seguir a tientas a una desconocida no me hacía mucha gracia. Me puse el cinturón y conecté el ordenador de a bordo, por si las moscas.
Tomamos la autopista en dirección norte. Parecía mentira que una scooter pudiera correr tanto. Llegamos a un amplio huerto de varias hectáreas. La agente Chirivía me informó de que nos hallábamos en el escenario del último asalto.
—Estas tierras pertenecen a la señora Perséfone, una experta reconocida en el cultivo de cítricos.
—Separémonos para peinar el terreno —sugerí.
En nuestro registro, encontramos unas sospechosas fibras enredadas en el ramaje. Mi superordenador conectó con la base de datos de la OVNU (Organización Vegetal de las Naciones Unidas). En menos de un estallido de palomita, tuvimos el nombre del propietario de aquellos filamentos de cabuyería: Nudo Escurridizo. Según los informes de la PIVI (Policía Internacional Vegetal Incorruptible), Nudo Escurridizo fue anudado en el mismo bergantín pirata en el que se enroló, siendo todavía, un simple cabo.


Cuarenta y siete minutos más tarde, nos encontramos en el puerto Maremágnum para seguir la pista de Nudo Escurridizo.
Un recio estibador, llamado Boca de Lobo, nos contó que había conocido a nuestro malhechor cuando éste trabajaba en un pesquero ilegal.
—No era bueno. No señor —gruñó sujetando su pipa entre los dientes—. Ese bellaco nunca respetó las paradas biológicas de la mar.
—¿Sabe si tenía algún camarada?
—Huumm —se rascó la deshilachada barba—. Recuerdo a un cazurro llamado Nudo Constrictor. Un tipo muy pendenciero… Solían correrse buenas juergas en la Taberna del Ladrón…
—Gracias por su ayuda, señor Lobo.
Nos dirigimos a paso firme hasta dicha taberna, siempre con la espeluznante sensación de ser observados.

¿Cómo acabará esta marinera misión?

Si quieres averiguarlo, ¡sígueme!



jueves, 3 de abril de 2014

Malasombra








No existe mayor necedad que ver, únicamente, lo que nos señalan que veamos.

ADNATA

«Es más soportable la ausencia que la indiferencia». Esto es lo primero que pensó la sombra aquella mañana de principios de verano.
Había pasado un año desde que las excavadoras asaltaran la Cala del Ermitaño con el propósito de erigir La Parranda, hotel cinco estrellas. Sin embargo, cuando ya habían levantado un par de pisos, máquinas y personas se esfumaron sin dejar rastro. No es que a la sombra le importara mucho; lo que no comprendía era por qué se habían marchado sin recoger su basura.
La sombra decidió que permanecer allí era inútil; determinó abandonar la Cala del Ermitaño y viajar por todo el mundo.
Al atardecer de ese mismo día, se deslizó por el suelo rompiendo su vínculo con aquel esqueleto pétreo y se encaminó al pueblo más cercano, Villa Cangrejo.
Las estrechas calles de la villa permanecían desiertas. No muy lejos, las risas y la música evidenciaban un gran festejo. En el centro de la plaza Mayor crepitaba una hoguera, sus llamas fluctuaban ante el ritmo frenético de la danza que se desarrollaba entre humanos y sombras. La sombra recorrió la plaza hipnotizada y se sumó al frenesí; a media noche, los aldeanos desplegaron un gran lienzo sobre una tarima.
>>Tarí, taríí…
El toque de corneta anunció al público la llegada de unos siniestros corceles...
Durante la representación, la sombra permaneció inmóvil, alerta; como si la acción que el lienzo proyectaba fuera real. Nunca imaginó que en el mundo existiese un grupo de sombras tan diestras en el arte de la pantomima.
Terminada la obra, la sombra se propuso conocer a las artistas del lienzo. 

 

EL NOMBRE DE LA SOMBRA

Esperó a que recogieran la sábana y se acercó sigilosamente a la tarima. De haber tenido corazón, éste habría saltado descontrolado en su pecho, aunque no cabía preocuparse, pues también carecía de cuerpo. Encontró a las artistas del lienzo congregadas bajo el escenario. Cuando vieron aparecer a la sombra se quedaron en silencio. La más grande de todas ellas se  le acercó y se presentó como Saucellorón, director de la Compañía de Teatro Sombras Chinescas. Le dio la bienvenida y la invitó a reunirse con ellas.
Pasaron las horas y el amanecer las sorprendió haciendo lo que más les gusta a las sombras: jugar. Saucellorón invitó a la sombra a unirse a la compañía teatral y de esa manera la sombra de una ruina se convirtió en artista del lienzo. Sin embargo, las cosas no iban a salir como esperaba; durante el primer ensayo, la sombra descubrió que su habilidad como contorsionista era muy limitada; desalentada, se apartó del grupo. Garzaplateada, la sombra milenaria de la compañía, la encontró bajo un sicomoro.
—No te aflijas —le dijo con voz pausada—. En este mundo de luces y sombras, cada una posee un talento, su talento, que deberá descubrir o dejarlo perder...
—¡¿Y cuál es el mío si se puede saber?! —gruñó exasperada.
—Una vez conocí a una sombra  continuó la milenaria sin inmutarse. Su amo era un investigador de almas; usaba manchas de tinta para destripar la mente de  sus pacientes… Huumm…
La sombra tuvo que aguardar, muerta de curiosidad, a que la sabia Garzaplateada despertara de su ensimismamiento.
—…Huumm… He observado tus contorsiones y las formas que consigues me recuerdan mucho a esos manchurrones… Huumm…
Volvió a reinar el silencio. La sombra casi se borra de impaciencia al comprobar que la vieja se había vuelto a dormir.
—Por eso —despertó de sopetón—, creo que tú podrías aprovechar ese talento para hacer un número individual.
—No te comprendo Garzaplateada —dijo la sombra confundida.
—Pues es muy simple, hijita —le reconvino la anciana—. Se trataría de proponer un juego a nuestro público: “Dime qué ves y sabrás quién eres”.
La sombra puso multitud de objeciones. En su opinión, los humanos no eran más que cascarones vacíos que no merecían las sombras que pisaban.
Garzaplateada no estuvo de acuerdo:
—No existen “personas vacías”, querida, sino “territorios inexplorados” —sonrió satisfecha la anciana.
La joven sombra no supo cómo encajar aquel comentario.
Esa noche actuó por primera vez en solitario:
«La pantalla quedó muda; una voz oculta anunció el nuevo número. Nadie aplaudió. En el silencio de la plaza apareció una sombra difusa que en un santiamén se transformó en una mancha nítida. Al principio todos callaron desconcertados, pero de entre la chavalería se alzó una voz que gritó:  «¡Eso es un búfalo!». El juego había comenzado y el entusiasmo del público fue en aumento, hasta que la noche se cerró con un estrepitoso aplauso».
Al final de la función, las artistas del lienzo se reunieron para felicitarse por su éxito.
—¡Y el número final les ha encantado! —exclamó Puertadeoriente.
—Sí. Opino que ya va siendo hora de nombrar a la sombra —anunció solemnemente Saucellorón.
—¿Qué os parece PsiqueTinta? —intervino Garzaplateada—. En honor a su reconocido talento.
Como la sombra se mostró reacia, Cubodebasura propuso un nombre que, según sus propias palabras, «se ciñe más a la importancia de su extraordinario talento»: 
—¡Llamémosla Sacamocos!




EL LADO OSCURO DE LA SOMBRA



  PsiqueTinta reemprendió su viaje un año después de ingresar en la compañía de Sombras Chinescas; aunque disfrutaba de los aplausos del público, sentía comezón al pensar en lo que el destino reservaba para ella.
La casualidad la condujo hasta una pradera donde se celebraba el Tiempo de Penumbra, momento en el que todas las sombras se reúnen para celebrar su aparición en el planeta. Esto sucedió durante el primer eclipse solar, cuando el día y la noche, eternos antagonistas,  pactaron una tregua.
PsiqueTinta conocería, por fin, la legendaria celebración. Sin duda supo sacarle partido al acontecimiento. Acudieron a la conmemoración sombras procedentes de una infinidad de cuerpos opacos; pero, claro está, ninguna humanoide, ya que tienen terminantemente prohibido desligarse de sus amos humanos. Todas ellas participaron con fervor en los ritos atávicos del Tiempo de Penumbra y retornaron a sus quehaceres antes del nuevo amanecer.
De vuelta a la rutina, PsiqueTinta vadeó ríos y cruzó montañas  sin más compañía que ella misma. Un atardecer se cruzó con lo que parecía una sombra blanca.
¿Quién eres?preguntó asombrada.
Soy la spectrosombra de un  hombre solitario.

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