Crónica de las andanzas de Diablo Cojuelo






APUNTE DE LA AUTORA
Todos los personajes que aparecen en esta crónica, y los hechos que se narran en la misma, están basados en las leyendas populares y el desvarío de la autora que aquí suscribe. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Durante el proceso de hilado y urdido de este relato, ningún fantasma, escritora o diablejo han sufrido el menor daño.
Por último, la autora garantiza personalmente la aplicación del Convenio para la Evocación y Enriquecimiento del Folklore, según la Ley Primera de la Creación Literaria.
Por todo ello, te invito a desenredar la maraña que, sólo para ti, he querido tramar.
Feliz periplo.

Capítulo I
Bú, Coco y Papón. Espantos profesionales, s.l. Así rezaba el rótulo sobre el cristal esmerilado, del número 13 de la calle Averno.
La primera vez que lo vi me pareció una solemne bobada. ¿Quién iba a necesitar contratar los servicios de tres fantasmas, por muy legendarios que fueran?
Pues ya veis, yo misma cuatro meses después. Otra lección más que le vida nos ofrece: «no subestimar ni despreciar lo que no se conoce».
El día que crucé la puerta de los Espantos profesionales, s.l. supuso el comienzo de una gran aventura. Bueno, grande, grande, igual no; pero insólita, ¡seguro!
Os contaré lo mismo que le relaté a Don Bú, aunque antes de nada será conveniente que os presente a los míticos señores Bú, Coco y Papón:
Don Bú es un gigantesco búho negro de gran envergadura; sus redondos ojos magentas son los responsables de la angustiosa parálisis que sufrimos durante las peores pesadillas. Es, además, un gran amante de los árboles, en especial de las encinas.
Don Coco es un fantasma muy sigiloso, la primera vez que lo vi casi me da un síncope. Es tan negro como la tinta china, y se oculta entre la oscuridad y la sombra. En términos generales se puede afirmar que la esfera es su forma, pero si es necesaria una apariencia más discreta, no duda en desperezarse. Casi nunca habla: según Don Bú, Coco es un Espanto de acción.
Y por último, Don Papón. Este fantasma es un coloso muy goloso: sus ojos son dos carbones incandescentes; la boca, descomunal, y su estómago es un eterno saco roto. Se le considera uno de los mejores gourmets del mundo —¡natural!, se crió en Asturias…
Permitidme retomar el hilo de esta crónica, mi crónica, para relataros el desarrollo de la primera entrevista en Bú, Coco y Papón. Espantos profesionales, s.l.
Era una gélida mañana del 26 de octubre de 18... Lo recuerdo bien porque ese día temí perder los dedos por congelación —¡Lo que hubiera dado porque ése fuera mi único temor!—. El hecho de que me preocuparan unos dedos cuando estaba en juego mi cordura, o más bien, su inminente pérdida, me llevó a divagar acerca de los mecanismos que desarrolla la mente cuando el peligro nos amenaza.
A las ocho en punto me planté en la puerta misteriosa de los Espantos Bú, Coco y Papón; la cadena de la campanilla se mostró tozuda y tuve que agarrarla con ambas manos para conseguir moverla. Lo de usar el término “campanilla” es un eufemismo en toda regla; lo que sonó al tirar de la cadena fueron más bien las mil trompetas del Apocalipsis. Por un momento temí que la gente comenzara a señalarme e increparme, sin embargo, todos los viandantes continuaron su camino ajenos al estruendo y a mi súbito cambio de peinado: de lacio, a erizado.
La puerta chirrió con el aullido de decenas de grillos torturados. La entrada franca, negra y vacía, recibió mi tímido saludo.
Como el Más Allá se había convertido para mí en el «Pegajoso Acá», me armé de valor, aplasté mi pelo lo mejor que pude y entré cruzando los dedos.
Al principio todo permaneció como boca de lobo, pero cuando se cerró la puerta, una luz difusa se me acercó oscilando ¡en el vacío!
Buenos días señorita Cáspita.
¿Có… cómo sabe mi nombre?
No es difícil si eres un enamorado de los cuentos de misterio…
La descarnada voz me atravesó en un torrente helado que acabó congelándome la sangre cuando, de súbito, se encarnó en un enorme búho negro.
Disculpe. He sido un grosero al no presentarme —dijo muy cortés—. Mi nombre es Don Bú, socio y representante de Bú, Coco y Papón. Espantos profesionales, s.l. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?
Apenas contuve las lágrimas, templé mi voz y —¡cáspita!— hice una magistral exposición cronológica de mi problema.
Lo lamento profundamente —gimió Don Bú—. Nuestra agencia está especializada en asuntos relacionados con morosos descarados, ladrones de alcurnia, dictadores, científicos sin escrúpulos… No obstante…, podría plantear su caso en el cónclave de medianoche. Déjeme sus señas aunque que no le prometo nada.
Agradecí a Don Bú su amabilidad y volví desconsolada a la calle. La helada ráfaga de nieve que me aguardaba en el portal se cobró con creces mi tardanza.
Llegué a casa a tiempo de apagar las llamas que salían de mi correspondencia; ni siquiera pude recomponer los restos del periódico de la tarde. Otro día ignorante del mundo e incomunicada de mis parientes.

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Comentarios

  1. Ahora ya entiendo quién se halla detrás de los males cotidianos que nos azotan, y no es la ley de Murphy, sino el muy español Diablo Cojuelo. Una historia juguetona y descacharrante, con algo de las leyendas de Bécquer y algo de la picaresca de El Buscón. Por poner alguna pega, la complejidad estructural y el lenguaje alambicado lastran un poco el seguimiento de la fábula.

    Un abrazo.

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  2. Me colé dentro de mi propia idea y me quedé atrapada en ese extraño mundo, mi única opción era transcribir, ¡a toda pastilla!, lo que presenciaba, con la esperanza de escapar pronto de la fábula.

    En cuanto al lenguaje, ya sabes que me gusta experimentar con diversos registros, y la idea de incluir un lenguaje tan formal como el de la burocracia me pareció de lo más oportuno: ¿quién no se ha visto alguna vez en un follón morrocotudo por firmar algo que, realmente no comprendía, pero que las circunstancias le empujaban a sellar con su sangre? El sarcasmo está servido.
    Gracias por el apunte, a veces quiero darle a la fábula un punto tan realista que la complico sin darme cuenta, tal vez sea porque concibo la vida como un problema matemático.

    Un abrazote.

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