Tempus fugit





Nunca veo niños deslizándose por el tobogán, ni columpios colgando del bastidor a la espera de risas infantiles. Es un parquecillo dentro de un jardín particular, cercado por el miedo, envejecido por el orín.


El tiempo
De niños jugamos entre los límites de su aburrida eternidad y su fugacidad tajante. De mayores nos apoltronamos en esa paranoica carrera a ningún lugar; para entonces, el mundo ya se reveló en toda su plenitud, y mugre: descubrimos que un grano de arena es toda una vida, que la «infancia» está en peligro de extinción y  que  gracias a la ley de la relatividad, seremos por siempre jamás, una voluntad inconclusa.

Comentarios

  1. En los parques infantiles donde tantas veces me ha tocado esperar a que mis hijos jugaran, he encontrado algo de lo que dices en esta poética reflexión. Por ejemplo, que ya no soy el niño que fui. También que mis hijos, poco a poco, dejan de ser el niño que fueron. Y que, en fin, los escotes de las madres son el mejor invento de la humanidad.

    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Nunca somos quienes fuimos ayer... y si es el caso, habrá que acudir a un psicólogo.
      Me ha hecho mucha gracia tu mención a "los escotes maternos", porque me plantea dos vías de reflexión, a saber:
      Que en unos y otras aflora, de forma más o menos palpable, los instintos de supervivencia y conservación de la especie.
      O bien, que el calor derrite el cerebro.

      Abrazotes.

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