Voramar



Foto de Ana F.
Dedicado a Pantagruel, Bizcocho y  a todos los gat@s que, en una sola vida, hicieron grandes a los pequeños felinos.
Si queréis saber lo que diferencia a un gato callejero de un gato portuario, sólo tenéis que comparar al pirata Barbanegra con la Pantera Rosa.
Pues sí. El callejero no es más que un gato consentido que vive a lo hippy; el portuario, en cambio, es un minino feroz que no duda en enfrentarse a la gaviota más bestia por un pescado pasado de frescura.

Voramar. Foto de Noelia P.A.
  Todo comenzó en el momento en que Voramar1 decidió levar anclas rumbo a tierra. Tres años sobreviviendo entre las costas más snobs y los puertos más cutres, le habían convertido en un fornido bicho malencarado que lucía sus cicatrices como los galones de un general. Pantagruel —su primer lugarteniente— intentó disuadirlo sin éxito, y es que, cuando un felino que se ha enrolado a bordo de toda clase de buques decide liar el petate, lo lía.

Abandonó Voramar su vida de «lince de mar» sin mirar atrás, dejando a Pantagruel el mando del puerto.

Foto de J.J. P.

El gato errante dedicó un día entero a vagar sin derrota para explorar todas sus posibilidades. Ciertamente, había desembarcado en tierra de promisión, aunque aquellas grotescas embarcaciones a motor que rugían a todas horas eran exasperantes. En cuanto al resto de la fauna: las aves y las ratas eran bastante escurridizas, en cambio, los perros eran unos botarates que se dejaban amarrar y amordazar. «¡Una vergüenza para su especie!» —pensaba Voramar. Una sola vez le hincó el diente a una cucaracha; tuvo que escupirla, ¡sabía a rayos! «Las portuarias están mejor condimentadas» —rezongó—. «Estas urbanitas carecen de ese incomparable regustillo a mar».
En la cuarta luna de travesía, se acercó a un grupo de gatos callejeros. El jefe era un viejo fanfarrón que sólo embaucaba a los tarambanas que componían su manada. A Voramar no le costó mucho hacerse con el timón de aquel «banco de arenques»; el siguiente paso sería engrosar la manada con nuevos adeptos. ¡Pronto ascendería a comandante en jefe de la ciudad!

VORAMAR. Foto de J.J. P.

La noche es siempre la mejor cómplice de los felinos, por eso, Voramar aprovechaba la cegadora calma nocturna para explorar. En una de esas incursiones conoció a Bizcocho, un fugitivo que vivía oculto en los sotobosques de la urbe. Al principio le pareció un mequetrefe, luego miró más allá de sus bigotes y descubrió que el gato casero no era ningún besugo.




BIZCOCHO. Foto de Ana P. d.l.C
—¡Marinero, saca el siamés que llevas dentro y mira al frente! —le gritó Voramar, resuelto a convertirlo en su segundo lugarteniente.
Lo de mirar al frente fue tarea inútil —Bizcocho era bizco de nacimiento—, pero lo de eructar temperamento, ¡pan comido!: él era descendiente de la felina y majestuosa estirpe del reino de Siam.
La creciente manada fue acomodándose sigilosamente en la ciudad de A…; Voramar y Bizcocho disciplinaron a su marinería para evitar los cebos envenenados, abordar las nidadas, entrampar a las aves migratorias y escarnecer a las gaviotas que trataban de colonizar las azoteas.
El conflicto llegó cuando las hembras iniciaron el celo. Si algo caracteriza a un gato siamés es su tenacidad a la hora perpetuar su linaje.
A espaldas de su comandante en jefe, Bizcocho gestó un sucio motín: «¡No es justo que sólo él se aparee!» —arengaba a los machos— «¡Alzad vuestros maullidos a la Luna y emparejaos, cofrades!». Y así fue cómo se lio parda, canela, moteada, y de todos los colores imaginables sobre la piel de un lindo minino.
Voramar, que ya había vivido unas cuantas rebeliones a lo largo de su vida, dejó que los amotinados se sintieran confiados antes de propinarles un zarpazo disciplinario.
Un atardecer, viró a puerto para reclutar a su primitiva tripulación: «Les daré una lección a esos marrajos en conserva. ¡Nadie saboteará mi nave mientras me quede un miau!» —Le confió a su noble Pantagruel.

PANTAGRUEL. Foto de J.J. P.

Ya de vuelta terra endins2, ordenó al bisoño Halacabuyas que reuniese a toda la manada, con Bizcocho al frente.
—Pronto tendré a ese rufián trincado por la cola —pensó mientras veía trotar a su correo.
Una vez reunidos, el viejo Voramar se encaramó a un contenedor y comenzó su discurso:
»—¡Ha llegado a mis oídos el descontento general!...
—¡Por eso, aquí y ahora, reto a cualquiera que ansíe arrebatarme el mando de esta dotación de percebes!
Un silencio tembloroso dominó del aire. Bizcocho dio un paso al frente y recogió el desafío.
—¡Tú, miserable rémora! —le espetó Voramar—¡Prepárate para convertirte en cebo para ratas!
—¡En garde3! —maulló Bizcocho sin amilanarse.
Los antagonistas se enzarzaron en una pelea leonina bajo la atenta mirada de sus huestes —ambas prestas a responder ante la primera señal de ofensiva.
El combate fue cruento, los contendientes presentaban un aspecto lamentable: Bizcocho había perdido más de media oreja; Voramar luchaba con un solo ojo abierto; los mechones de pelo volaban al compás de la reyerta, y ninguno daba su rabo a torcer. Después de media hora, Voramar le asestó a Bizcocho el golpe que puso fin a la guerra…
O   eso   creían
Un nuevo silencio nubló la escena. Halacabuyas, el desgarbado gatillo atigrado, maulló como un coyote y se plantó en el campo de batalla:

MALATESTA, bautizado por la manada como HALACABULLAS.
—¡Mi verdadero nombre es Malatesta y reto a Voramar por el mando supremo!
—¡No eres más que un grumete! ¡Sólo los oficiales tienen derecho a retar a su comandante! —le escupió Pantagruel.
 —Tal vez no sea más que un grumete para vosotros —continuó el impasible Malatesta— pero yo nací en un establo, tengo sangre de gato silvestre corriendo por mis venas; en astucia he vencido al zorro, ¡y hasta al propio Hombre!
Mis orígenes me otorgan el derecho de pugnar por el liderazgo —sentenció con arrogancia.
—¡No es justo! —Intervino Pantagruel—. ¡El comandante Voramar debe curar sus heridas o designarme como su paladín!
—Eso es inaceptable —dijo Malatesta—. Si es incapaz de defender el timón con sus propias garras, ¡es que no lo merece!
Entonces, Voramar se levantó, apartó a su primer lugarteniente y le bufó a Malatesta: «¡¿Listo para el Gran Viaje?!»
Inmediatamente apartaron a Bizcocho, que todavía se lamía las heridas, y comenzó la pelea. Durante varios minutos sólo se vieron borrones negros y anaranjados que colisionaban y se alejaban como dos astros magnetizados. Mas, en esta ocasión, la desigualdad de fuerzas arrojó a Voramar a una pronta e inexorable derrota.


VORAMAR. Foto de J.J. P.

 Malatesta ocupó la jefatura de manada sin que nadie se opusiera. Voramar y su fiel Pantagruel iniciaron el Gran Viaje al exilio. Y las gatas pensaron que, si todo esto lo había causado la voracidad de los machos por consolidar su propio clan, tal vez, ellas podrían darle la vuelta al gato. Pero esa es otra historia…


Lola Lindaminina. Foto de Ana F.




Moraleja:  No caces más ratones de los que puedas tragar.




Foto de J.J. P.

Comentarios

  1. Una historia verdaderamente gatuna, donde infiero que el que mucho abarca poco aprieta. Creo, en mi modesta opinión, que la moraleja sobra por demasiado clara. Me pregunto dónde te inspirarás para estas luchas callejeras, que no distan mucho de las de los seres humanos por el poder. Por eso yo siempre he querido ser líder de una sola cosa: mi propia libertad.

    Un abrazo.

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    1. Es muy sano liderar nuestra propia libertad, porque con esa filosofía somos capaces de reconocer que nuestra libertad termina donde empieza la libertad de los demás. Hacer uso, sin más, de la libertad, nos convierte en déspotas.

      La moraleja fue algo que me impuse en honor a la tradición de las fábulas, coincido en que no desvela nada nuevo. Aunque fábula y cuento se usan como sinónimos -de ahí el nombre del blog- tengo presente que son dos identidades diferentes e intento respetar su idiosincrasia.

      Un abrazo.

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  2. Cómo me he divertido con esta rebelión, Esther, en la que no solo has jugado con los arquetipos, sino con las palabras, para presentarnos una situación muy seria. Al parecer, para ser un macho Alfa no es suficiente con no conferir el poder propio, sino que hay que menoscabar el de los demás.

    Espero leer esa vuelta al gato ;-)

    Besos y abrazos

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    1. Has acertado en la diana. Los seres humanos somos especialistas en menoscabar, socavar, dilapidar y soterrar a nuestros congéneres, con tal de medrar; por esa razón, deploro la falsedad de la expresión "el fin justifica los medios". Seamos francos: la realidad es "mi fin justifica cualquier medio", una máxima pueril que en manos de adultos causa el estallido de toda clase de "bombas atómicas".

      Veré cómo puedo exorcizar los sinsabores de esta faceta de la realidad, para gestar un mundo sin vencidos ni ofendidos.

      Un abrazote, Mari Carmen.

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  3. Esther, tras leer estas maravillosas aventuras gatunas-no tan lejanas del alma humana-, me has hecho recordar que a lo largo del tiempo, han habido muchos gatos que nos han entretenido con sus historias, Felix el gato, Silvestre, Tom, Garfield, El gato con botas, Doraemon, Los Aristogatos, Azrael, Isidoro, Jinks, Don gato y su pandilla, Fígaro,..., sin olvidar la femenina Hello Kitty.

    Mi hijo mayor también nos ha puesto un gato, Golfo, en nuestra vida. Me fijaré más en él.

    Un abrazo.

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    1. Lo cierto es que nunca he tenido gato. Supongo que es ese aire bohemio, y algo salvaje, lo que nos atrae desde muy pequeños, sin olvidar que son guardianes del mundo mágico. La naturaleza siempre es fuente de conocimiento e inspiración.

      Felicidades por haber aumentado la familia, compartir la vida con un ser de otra especie es enriquecedor, a veces, doloroso -cabe decirlo. Cuidado con Golfo, sé de buena tinta que hacen fiel honor a los nombres que les colocamos... ¿o son ellos quienes nos los susurran? Seguro que lo descubrís pronto ;-)

      Un gran abrazo.

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  4. ¡Miauuu! Una maravilla de fabulosa fábula, me ha traído el recuerdo de la que recitaba mi padre, sobre dos gatos, creo que era de Samaniego.

    ¡Qué dolor, por un descuido!
    Micifuz y Zapirón
    se comieron un capón,
    en un asador metido.
    Después de haberlo comido
    trataron en conferencia
    si obrarían con prudencia
    en comerse el asador.
    ¿Lo comieron? ¡No, señor!
    Era un caso de conciencia.
    Por entonces, yo nueve añitos, apareció en el patio, una gatita de tres colores. Mi madre dijo: No. Él replicó: ¡Pobrecita, morirá de hambre y frío! Unos meses después, mi padre cayó gravemente enfermo, ella no se movió de su lado, en su última semana.
    ¡Gracias Esther Planelles! Besos y abrazos.

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    1. Siempre sabes enriquecer con tus conocimientos y tu experiencia la vida de quienes te rodeamos, por lejos que nos encontremos. Gracias a ti, Rosa del Aire, por darle un sentido tan especial a esta fábula, al final somos los lectores y lectoras quienes damos el último toque de mágico a las historias. Les recitaré el poema a mis sobrinos :-D

      Besos y abrazos para ti también.

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