domingo, 23 de febrero de 2014

Crimen perfecto


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CRIMEN PERFECTO

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La crónica que paso a relatar no es más que otra prueba de que nadie está a salvo de esa jodida yonqui del humor negro que es la vida.
Acaeció la noche en que decliné salir de copas con mis compañeros. La jornada había transcurrido entre los juzgados, la comisaría y el anatómico forense —en éste último tuve que soportar, con una sonrisa, las miradas lascivas del tipo de la morgue —. Por ese motivo, mi única obsesión después del trabajo consistió en volver a casa y darme una ducha caliente antes de acostarme. Lejos de alcanzar mi meta, decidí atajar por un pasaje cuyo bullicio procedía del inaudito número de baretos apiñados a diestra y siniestra. Crucé a paso ligero; antes de alcanzar la calle Mercaderías algo se aferró a mi cuello y me hizo retroceder hasta una caverna; de nada me serviría enarbolar mis «derechos humanos», el estilete que destellaba ante mis ojos me lo dejó bien clarito. Me había topado con un depredador, uno de esos que en el periódico retratábamos como «los antropófagos de la era moderna». La situación era grave y pensé rápidamente en mis opciones: «Apechugo y me dejo espachurrar o me zafo de las fauces de este zafio zurullo». No puedo evitar que me salte la vena cómica en los momentos críticos… En todos…
A la mañana siguiente me desperté en la cama. Me había acostado vestida y mis ropas hedían a sangre resacosa. Poco a poco volví en mí; empecé a recordar. Durante el primer campamento, uno de los monitores empezó a portarse mal con las niñas. Mi madre, no sólo me había prevenido sobre estos depravados, sino que además se había asegurado de que «su princesita» adquiriera los medios básicos para tajar de raíz... Siempre llevo a mano una pieza tan fútil que se sorprenderían ustedes de lo mortalmente eficaz que resulta cuando sabes usarla.
Tras un proceso tedioso, la justicia me absolvió por considerar que me hallaba en estado de chifladura pasajera en el momento del ataque y que liquidé al cabrón en legítima defensa, ya que una vieja llave desportillada no es el último grito en armas letales. (Sentencia parafraseada).
Esta es la crónica completa de mi acto de supervivencia. La narración de mis colegas en los informativos de la tarde fue más encaminado a denunciar «el crecimiento de la criminalidad y la vulnerabilidad de algunos sectores de la población»; a computar «casos similares y las probabilidades de salir incólume…» de tal envite; a celebrar el valor de una servidora o a enaltecer «la feliz intervención divina... A Dios gracias» todo depende del grosor novelesco de la línea editorial.
En cuanto al paradero del monitor… El secreto ha quedado silenciado en el panteón de la familia García.

lunes, 17 de febrero de 2014

La pesadilla de Pinsapo










En las noches de tormenta, cuando la luz se extingue en las lámparas y todos los televisores permanecen ciegos y mudos, el abuelo Florián enciende la pipa de barro y da comienzo a una de sus increíbles historias.
En esta ocasión mis hermanos, hermanas y yo íbamos a vivir:

La pesadilla de Pinsapo



>>Pinsapo era un niño como vosotros —comenzó el abuelo—. Ni muy alto ni muy bajo; ni muy ancho ni muy estrecho; ni moreno, ni rubio, ni pelirrojo…
—¡Caramba, abuelo! —interrumpió Sabina—. Si no era ni una cosa ni otra… entonces, no era como nosotros.
>>¡Ay! —suspiró el abuelo—.Querida mía, Pinsapo no era ni más ni menos que un chico como todos.
—Pero abu’, no es posible que fuera como TODOS, porque cada uno de nosotros es diferente a los demásobjetó Cedro.
>>Pues lo que yo decía, ¡como todos!
—¡Vaya lío, abuelo Florián! —se enfurruñó Teca.
>> ¿Queréis que siga o no? —preguntó el abuelo humeante.
—¡Sigue, sigue! —gritamos todos a un tiempo.
>>Bien… por dónde iba… ¡Ah, sí!
Pinsapo, que era un niño como todos los niños, tenía un postre favorito, una colección de anzuelos, un sapo verrugoso, un secreto escondido y un tablero de ajedrez. Y como todos los niños, sentía la necesidad de competir con todo el mundo para probarse a sí mismo.
El caso es que Pinsapo era el capitán del equipo de ajedrez de su escuela, El Sotobosque, y aunque llevaba muy mal lo de perder una competición regional, peor era cuando alguien de su equipo conseguía hacerle sombra. Por esta razón, curso tras curso, Pinsapo preparaba una asechanza para impedir que Taray entrara en ¡SU equipo de ajedrez! Bien sabía Pinsapo, que Taray  era uno de los mejores ajedrecistas de la región; así pues, el Capitán del Equipo de Ajedrez hizo siempre lo imposible por ocultar ese envidiable don a toda la escuela.
—¡Qué injusto!  —Me indigné— ¿¡Por qué Taray no se rebeló?!
>>Porque Pinsapo tuvo la astucia de ganarse la confianza de Taray; se ofreció a entrenarle  y le prometió que haría lo posible para que el equipo lo admitiera. Taray nunca sospechó que las intenciones de su amigo se habían gestado en la cloaca de los celos; el ingenuo se tragó sus embustes y continuó esforzándose por mejorar su «deficiente juego» para ganarse un puesto entre de los miembros del equipo.
—¡Parece una historia real! —Exclamó el pequeño Arce.
>>Es que lo es —afirmó el abuelo dibujando aros de humo.
Todos nosotros nos removimos en nuestros cojines, cerramos la boca con cremalleras de aire y abrimos, de par en par, los ojos y las orejas.
>>Pinsapo se levantó una mañana muy contento: Acababa de añadir a su colección un anzuelo de cuatro cabezas; SU equipo, había ganado su vigésimo campeonato consecutivo; y, por fin, había conseguido que Araucaria —la última partidaria de Taray— odiara a su rival, «el  genio ignoto». Por tanto, él, seguía siendo el Rey del Ajedrez… y de los anzuelos.
Muy lejos estaba su ánimo de prever las espinas que la suerte le tenía deparadas.
Después de desayunar cogió su cartera y salió silbando de casa. Como se le habían pegado un poco las sábanas, y ya tenía una falta por retraso, decidió atajar por el Bosque de los Abetos. Iba muy alegre y confiado cuando, ¡de pronto!, vio a un ser nauseabundo  deslizándose sobre los despojos de un abeto seco.








«—Buenos días, sabio caballero —dijo la cosa».
Pinsapo, recuperado de la impresión, templó los nervios y se  enfrentó al espeluznante miedo:
«—¿Quién eres?» —preguntó con  voz grave.
«—Soy Orco, dios del Inframundo. Puedes llamarme Muerte, si lo prefieres».
Ante aquella respuesta, Pinsapo comenzó a temblequetear.
«¿Qué podrá querer la Muerte de un brillante chico como yo?» —Se preguntó aterrado.
Orco sonrió complacido por la reacción del petulante zagal; ello provocó en el desventurado Pinsapo, una nueva tanda de temblores y tembleques.
«—No temas, bravo guerrero. Tu fama como ajedrecista ha llegado hasta el Inframundo. ¿Sabes?..., allí nos aburrimos mortalmente, por eso jugamos mucho al ajedrez, el juego de los Reyes. Sin embargo, como estamos cansados de competir entre nosotros, hemos decidido invitar a Maestros y Maestras ajedrecistas a nuestro Campeonato de los Dioses, así será más emocionante».






Las palabras  “Maestros ajedrecistas” y “Campeonato de los Dioses” marcaron a fuego el ego de Pinsapo. Pero, no era tan estúpido como para seguir a la muerte sin antes asegurarse el regreso a casa y… conocer la naturaleza del premio. Así se lo hizo saber a Orco.
«—Yo mismo te traeré al Bosque en cuanto me lo pidas, te doy mi palabra. En lo referente al premio… creí que era evidente: la ganadora o ganador podrá beber el elixir de los dioses. Esta pócima confiere fuerza, sagacidad y vida eterna a quien la toma».
Pinsapo no necesitó oír nada más y se marchó al Inframundo, sin ni siquiera dejar una nota a su familia.
Un interminable descenso tras los pasos de Orco, llevaron al orgulloso “maestro ajedrecista” hasta la Cámara de los Trebejos: un anfiteatro de roca magenta, en cuyo escenario, se alineaban tres hileras de nueve mesas de piedra, con sendos tableros de ajedrez labrados en la superficie.
El chico estaba ofuscado por la emoción. Se sentía capaz de derrotar a cualquiera, e incluso se veía saboreando la gloria de los dioses.
Un mazo invisible  sacudió el gong que pendía del techo; cada participante entró en la Cámara precedido por su oriflama distintiva; tomaron posiciones en el escenario de la batalla, y comenzó el torneo.
Partida a partida transcurrió el tiempo en la Cámara de los Trebejos. Pinsapo se ufanaba ante la derrota de sus contrincantes.
«¡La victoria me pertenece!» —Pensó.
 Finalmente, sólo quedaron él, y un muchachuelo ojeroso que no apartaba la vista de sus propios zapatos. Pinsapo le dio la mano y ambos ocuparon la mesa central. La estrategia de Pinsapo estaba saliendo a pedir de boca, sin embargo, cayó estúpidamente en una pueril celada de su adversario; la partida se saldó con la victoria del  chavalín ojeroso y la humillante derrota de Pinsapo.
El joven victorioso bebió del cáliz de los dioses frente a la ira, mal disimulada, de Pinsapo.
Cuando la congregación de ajedrecistas y demonios se disolvió, Pinsapo buscó a Orco para exigir su retorno a casa. Vagabundeó por el infierno durante horas, hasta que logró divisar su repugnante cara sobresaliendo por el borde de un caldero burbujeante.
«—¿Gustas?— le invitó Orco. Pinsapo respondió con un mohín de asco—. Bueno, tú te lo pierdes. Supongo que quieres que te lleve a tu casa… Con lo listo que te crees, ya podías haber encontrado por ti mismo la salida… —dijo con una mueca sardónica».
Como la «palabra de muerte» es inamovible, Pinsapo fue conducido de nuevo al Bosque de los Abetos.
El chico recuperó su mochila y se puso en camino.
Pero, ¡ay! ¡Algo había sucedido!
¡Donde debía estar su casa, ahora había un supermercado!



 


Anduvo por las calles hasta el ocaso del día; harto y desorientado se sentó en el bordillo de la acera... En éstas, una niña —que le recordaba mucho a su amigo Taray —le preguntó la razón de tanta tristeza. Pinsapo le contó que se había perdido; la pequeña le invitó a que la acompañara, su mamá y su papá sabrían qué hacer.
Así fue como Pinsapo siguió a la niña hasta la casa.
Y… ¡Repámpanos! ¡Los padres de su salvadora no eran otros que Taray y Araucaria, sus compañeros de escuela!
 Al parecer, en el Inframundo el tiempo corría a mayor velocidad que en el Mundo; mientras Pinsapo conservaba su aspecto infantil,  Araucaria y Taray ¡eran unos viejos de veintinueve años!
Pinsapo les contó su aventura infernal y confesó, avergonzado, todas las artimañas y embustes tramados contra sus compañeros y compañeras.
Araucaria y Taray comprendieron que Pinsapo estaba sinceramente arrepentido y dispuesto a compensar su maldad; ambos le perdonaron y se comprometieron a acogerle hasta que encontraran a su familia.
Y así fue como acabó la historia de Pinsapo que, al dejarse llevar por la envidia y la codicia, acabó siendo burlado por el dios del Inframundo.
Cuando el abuelo Florián acabó, el silencio quedó suspendido entre las volutas de humo blanco…
—¡Bravo! —gritamos todos entusiasmados.
Abuu’ cuéntanos otro porfiii —le rogué.
>>Imposible Cañamiel. La tormenta ha pasado y es hora de dormir.
Entre protestas y ruegos acabamos levantándonos del suelo y yéndonos, como unas chicas y chicos buenos, a la cama, no fuera que por remolonear equivocáramos el camino y en lugar de subir a lomos de Morfeo, acabáramos cayendo en el caldero de Orco.

lunes, 10 de febrero de 2014

¡Qué vida más pulpa!




Dedicado a todas las mujeres y hombres que nos han sumergido en la mar

      
Había una vez un bichejo resbaloso que vivía en “L’Ancha Mar”. Al principio arrastraba un pesado caparazón en la que se refugiaba cuando había peligro. Luego, viendo lo bien que se lo pasaban los delfines, decidió que era hora de ser valiente, abandonar su armadura y vivir a la aventura.
Cuando nadaba por “L’Ancha Mar”, el resto de bichitos marinos se quedaban pasmados.
—Con ese cabezón debe tener una boca muy grande… —gimió un berberecho.
—Y con tantas patas —balbuceó un gambusino— podría atrapar a muchas presas a la vez.
Peor, incluso,  era  cuando decidía abandonar el lecho marino y levantaba el vuelo cerca de la superficie:

—¡Es un fantasma!
—¡No! ¡Es un extraterrestre!
—¡Os equivocáis! ¡Es un globo aerostático!
«¡¡¿Un quééé?!!»

Un día, Pulposete —que es así como se llama nuestro bichejo—, decidió que estaba cansado de nadar de un lado a otro. Añoraba su antigua vida de “molusco-acorazado” y decidió buscar un lugar donde instalarse. Así fue como encontró una espaciosa cueva a los pies de un volcán dormido. Tan a gusto se sintió que decidió establecerse allí; la amuebló con un arcón lleno de mullidas algas, construyó una estantería para sus libros y cubrió el suelo de alfombras persas; incluso, se fabricó un caleidoscopio con un catalejo de latón, tres espejos, dos láminas de vidrio y varios fragmentos de nácar capaces de retener la luz solar durante días.
Supongo que os preguntaréis de dónde sacó todo eso.
Pues bien, resulta que en el fondo de la Mar podemos encontrar de todo; además de la basura que algunos navegantes cochinos tiran por la borda de sus barcos, también hay ricos tesoros escondidos en los pecios.

¿Que qué son los pecios?

Los pecios son, en su mayoría,  naufragios de naves que yacen en los fondos oceánicos —ocasionalmente acompañados de esqueletos de marineros—. Algunos de estos pecios tienen semanas, muchos otros, siglos de antigüedad; hay carabelas españolas, galeras griegas y romanas, mercantes fenicios, dracares vikingos y daneses, galeones, fragatas, bergantines, goletas, trasatlánticos, petroleros…

…Pero eso es otra historia…

Pulposete pasaba los días leyendo cuadernos de bitácora (los blogs de los capitanes de barco); prendiendo rayos de sol en su caleidoscopio; tocando el laúd, y cazando lo que se ponía al alcance de sus ocho tentáculos.
Uno de esos días que regresaba de cazar, descubrió que alguien había invadido su casa.
—¡Eh tú! ¡Ésa es mi casa! ¡Ya te estás largando, pulpejo!
Al invasor no le gustó nada el tono desabrido de Pulposete. Se ancló con sus ventosas a las paredes de la cueva, y le gritó:
—¡Mi nombre es Pulpo’kupa, y no PULPEJO! Esta cueva estaba deshabitada cuando he llegado, por lo tanto, según las Leyes de L’Ancha Mar, ¡me pertenece!
Pulposete se puso rojo y de su piel brotaron unas protuberancias ásperas; más se parecía a una masa de magma que a un pulpo; sin duda, estaba rabioso. Sin pensárselo dos veces, embistió a Pulpo’kupa con el arranque de una locomotora embravecida.

¡Cataplum-Flish-Flosh!

El choque fue demoledor. Ambos “Piesenlacabeza” (cefalópodos, en nuestra lengua) se enzarzaron en una batalla viscosa en la que dieciséis tentáculos se enrollaban y desenrollaban, en un intento por taponarle la nariz —perdón, el sifón —a su contrincante.
Cinco minutos después los dos adversarios aflojaron los nudos y se dejaron caer en la arena. Dado que los dos eran muy fuertes, decidieron aplicar la última norma de la FLIPE (Federación de Lucha  Internacional de Pulpo-Enganchón):

«8. LAS CONTIENDAS ENTRE OCHOPIÉS (octópodos) NO DEBERÁN SUPERAR LOS CINCO MINUTOS DE DURACIÓN EN VIRTUD DE LA ADVERTENCIA DEL Anexo 1, apartado a)»
«ANEXO 1:
a) LA ESPERANZA DE VIDA DE LOS PULPOS Y PULPAS ES SÓLO DE
 ¡TRES AÑOS!»


Pulpo en patas de guerra

       —¿Qué te parece si lo echamos a suertes? —sugirió Pulpo’kupa.
       —De eso nada —resopló Pulposete.
       —Pues tú dirás…
       —Creo que lo mejor será acudir al Desentuertador.
Conformes, y recuperados de la contienda, pusieron rumbo al Cañón de los Entuertos” donde encontraron la cueva en la que se juzgaban las querellas por habitáculos.

Al entrar en la sala se encontraron con un formidable pandemónium. Un cangrejo ermitaño le metía la pinza en el ojo a otro, al tiempo que un bogavante uniformado trataba de separar a los dos crustáceos.
        —¡Yo encontré primero la caracola!
     —¡Que no! ¡La caracola me la dejó en herencia mi tatarabuelo Facundo antes de mudarse a las Islas Galápagos!
¡PAM, PAM, PAM!

El atronador martilleo procedente del púlpito despavorió a un diminuto krill que, haciendo pucheros, puso agua de por medio.

«¡¡Si no se calman los litigantes,
los arrojaré a la
Fosa de las Marianas!!»

      —¡Alguacil Bogavante! —ordenó el Desentuertador Quisquilla —¡Llévese a esos dos a tomar un poco de corriente fresca! ¡Más tarde continuaré con su caso!

¡PAM!

       —¡Continuemos…! —dijo la bigotuda quisquilla.
Una vieira del Servicio de Inteligencia Molusca (el SIM), informó al magistrado del altercado entre los cefalópodos por la propiedad de una guarida a los pies del Tracapatúm.
       —Adelántense los cefalópodos. Expongan de forma ordenada y breve los hechos.
          Los contendientes se miraron desafiantes y Pulposete tomó rápidamente la palabra.
Le contó a Don Quisquilla cómo halló la cueva y cómo la amuebló para «SU mayor comodidad»; enumeró cada objeto y en qué pecio lo había recogido. Por último, le relató lo que sucedió el día en que, al volver de una cacería, encontró al intruso plácidamente recostado en ¡SU! arcón.
En este punto, Pulpo’kupa, intervino, dramatizando con todas sus patas, su versión de los hechos.
     —Señoría, yo soy un pulpo honrado que jamás ha infringido la “Ley de L’Ancha Mar”. Nadaba alrededor del arrecife en busca de un refugio digno cuando…
      —¿Y por qué por ese arrecife? —interrumpió el “Desentuertador”.
      —Por sus maravillosas aguas cálidas, Su Ilustrísima —respondió con voz melosa.
      —Prosiga, por favor —ordenó el magistrado.
     —Como iba diciendo, tuve la suerte de encontrar, por fin, ¡la cueva de mis sueños!, y además, ¡deshabitada!
       —¡Te equivocas! ¡Sí estaba habitada! ¡Por mí! —gritó Pulposete.

¡PAM, PAM, CRASH!
       —¡¿Otra vez secretario Chirla?! —exclamó el magistrado. ¿Quiere hacernos el favor de no pasar por aquí cuando empuño el mazo? ¡Bogavante! Devuelva al señor Chirla a la Bivalvo-Enfermería.
De sopetón, la tierra comenzó a temblar y el agua a burbujear. Para colmo de la confusión, dos manchas de tinta emborronaron toda la sala. Nadie veía nada, pero todos escucharon al cascarrabias Don Quisquilla.
         —¡¡ORDEN EN LA SALA!! 
¡¡ OOORRR…!! ¡¡…DEN!!

En ese momento, una vieira entró en la cueva como un rayo, siéndole imposible frenar antes de chocar con el púlpito —básicamente porque no lo vio.

¡PIM PAM PUUMMM!
Un momento después se disipó el tinte. Los pendencieros pulpos descubrieron al augusto “Desentuertador” colgado de un alga como si fuera un paraguas, y a la agente del SIM valvas arriba sobre el estrado.
      —¡¡Bájenme de aquí “cocorota-patosos”!!
      —Lo sentimos muchísimo, señor. Ha sido una reacción instintiva —balbuceó Pulposete.
      —Sí. Creímos que estábamos en peligro, Su Ilustrísimo “Desentuertador”.
      —¡DESCEREBRADOS! ¡Ayuden inmediatamente a la agente Vieira!
Cuando la calma y la dignidad reinaron de nuevo, el oficial del SIM informó a Don Quisquilla que el volcán Tracapatúm había reventado, quedando todo el arrecife destruido.
         —¡¡Mi casa!! —sollozaron los dos pulpos a la vez.
         —¡Bien! Dado que ya no existe la cueva de la discordia doy por finalizada la vista.

¡CASO CERRADO!
¡PAM!
Pulpo’kupa y Pulposete tomaron derroteros contrarios sin, ni siquiera, despedirse.
Nuestro gelatinoso Pulposete nadó por el fondo de la Mar hasta que encontró una gran ánfora abierta. Muy contento por su suerte se dirigió a la boca de la tinaja para tomar posesión de su nueva casa, sin embargo, se llevó una gran sorpresa: ¡el ánfora tenía inquilino! —o, mejor dicho, inquilina.
         —Disculpe, no me di cuenta de que…
     —Si buscas refugio —continuó la “pulpa” —ándate con ojo. Los pulperos están sembrando el fondo con sus trampas.
        —Me llamo Pulpulina, ¿y tú?
        —Pulp… Pulposete —tartamudeó azorado.
        —Un placer conocerte.
        —Eehh, sí… Gra… Gracias por el aviso.
Efectivamente, los humanos habían tendido sus vasijas-trampa, y el imprudente Pulpo’kupa se había acomodado en una de ellas.
         —Es un poco pequeña —se dijo—. ¡Pero tiene unas vistas estupendas…!
Cuando los pulperos comenzaron a izar las vasijas, Pulpo’kupa se vio arrastrado hacia la superficie en su diminuta urna de terracota.
          —¡SOCOOORROOO! —gritó desesperado.




Pulpo'kupa embozado



Cerca de allí nadaba, Pulposete_ su antiguo rival_. Alertado por los gritos de un congénere se lanzó a todo sifón hacia el fondeadero de trampas. Al llegar, encontró a Pulpulina trabada a una roca intentando retener  la vasija- trampa. No obstante, Pulpo’kupa, no salía. ¡Se había quedado encajado!
Rápidamente, nuestro pulpo trincó los tentáculos del pulpo embozado, y tiró con todas sus fuerzas…

 ¡PLOC! ¡PUFF!

Los tres pulpos aprovecharon el fortuito escape de tinta,  para volar lejos del traicionero campo minado.
        —¡Vaya susto! —jadeó Pulpo’kupa.
       —Parece que eres un EXPERTO en elegir guaridas E-QUI-VO-CA-DAS —le recriminó Pulposete.
       —¡Mira quién habla! El que se montó un palacete ¡CON VISTAS AL “TRACAPATÚM”! —contraatacó Pulpo’kupa. 
       Como ambos pulpos comenzaron a pintarse los colores de guerra, Pulpulina, intervino para apaciguar los ánimos.
        —¡Calmaos! Os recuerdo que el Gran Sabio Octopus Joubini nos enseñó que:
«Cada instante de nuestra molusca vida está sembrada de aventuras por vivir»


Pulpo cedido por Marcos y Álvaro



      Pulpulina tenía razón. ¿Qué sentido tiene malgastar el tiempo en peleas cuando puedes pasártelo ¡pipa!?
La sabiduría “Joubiniana” se impuso entre los dos gruñones y el asunto no llegó a las patas.
Pulpo’kupa se alejó en paz, dejando solos a Pulpulina y Pulposete.
Durante unos minutos la Mar recobró la calma, y la vida retomó su curso.
—Yyy…, eehh… —titubeó Pulposete— ¿Qué tienes pensado hacer ahora?
Al comprobar que Pulposete la miraba embobado, Pulpulina movió coqueta sus tentáculos y, de mutuo acuerdo, pusieron rumbo... a la aventura de vivir.


Pulposete y Pulpulina

Pasado un tiempo, Pulpulina encontró una estupenda cueva donde colgar sus cerca de ciento cincuenta mil huevos. Día tras día la “pulpa” estuvo protegiendo y cuidando su nidada: los limpiaba con los tentáculos y los aireaba lanzándoles chorros de agua con su sifón.
Llegado el momento de la eclosión, Pulpulina se hallaba en el límite de sus fuerzas; tras desovar había permanecido en la cueva por temor a los voraces peces que merodeaban en el exterior; desde entonces, no había comido nada. En un último esfuerzo, Pulpulina empujó a sus queridos naonatos hacia el exterior del cubil y,  convencida de que sus “pulpetes sobrevivirían  para honrar a los octópodos,  dejó de respirar.
El Ciclo de la Vida en “L’Ancha Mar” había dado una vuelta completa.
Gracias a Pulpulina y Pulposete, una nueva generación de pulpos vuela entre las olas para recordarnos que cada ser tiene una misión en la vida, un propósito único y esencial; por eso estoy segura de que…
…«nunca nada se perderá en la Nada»