lunes, 30 de junio de 2014

Tempus fugit





Nunca veo niños deslizándose por el tobogán, ni columpios colgando del bastidor a la espera de risas infantiles. Es un parquecillo dentro de un jardín particular, cercado por el miedo, envejecido por el orín.


El tiempo
De niños jugamos entre los límites de su aburrida eternidad y su fugacidad tajante. De mayores nos apoltronamos en esa paranoica carrera a ningún lugar; para entonces, el mundo ya se reveló en toda su plenitud, y mugre: descubrimos que un grano de arena es toda una vida, que la «infancia» está en peligro de extinción y  que  gracias a la ley de la relatividad, seremos por siempre jamás, una voluntad inconclusa.

miércoles, 25 de junio de 2014

Australia





Ellas habitaban los manantiales que nutrían aquella gran isla: diosas de mejillas ardientes y tacto de plata que fertilizaban la tierra con sus armonías. Pero igual que el día cede su trono a la noche, la infame disonancia acabó germinando en sus bocas y, como fruto del caos, arribaron al paraíso los primeros colonizadores.
    Los Espíritus Totémicos castigaron a las ninfas transformándolas en aves sin canto, obligadas a vagar por nuestra vasta tierra hasta el fin de los tiempos.



lunes, 9 de junio de 2014

¡MARIMANDÓN!








Nunca estuvo dotado de una fortaleza singular —de hecho, parecía un guiñapo comparado con el amigo Gastón—, no obstante, lo que poseía, sin la menor duda, era esa enérgica astucia inherente a los mandamases. En cuanto traspasaba la cancela, todos permanecíamos inmóviles, atentos al gesto revelador del orden del día. Ese «fundido en negro» nos marcaba el ánimo para acatar su criterio, un régimen impuesto sin paliativos: nadie osaba mear fuera del tiesto; la complicidad, las desavenencias, los traspiés, tenían un solo correctivo: la humillación pública.



Una tarde, la señorita Dolly se amotinó. La situación pintaba mal, francamente mal. Don Marimandón se encaró a la joven y todo acabó en un pispás. Desde entonces, Miss Dolly es la nueva jefa.


¡En fin! Tanto da ser mangoneados por un chucho «empajaritado» que serlo por una terrier de dos años: «mismo perro con distinto collar».
La vida continúa como siempre en la manada: mis amos me protegen, me alimentan y siguen liberándome en el «Parque de perros» para que nunca olvide quién lleva la correa.


lunes, 2 de junio de 2014

De paso



 

Le cubrían la cara unas grandes gafas oscuras, y su cabello no era más que un ceñido pañuelo de estampado indescifrable; aunque no hubiese oído el lamento, sé que el dolor cautivo acaba siempre por burlar los muros de cualquier antifaz; los torpes intentos de su compañero por mitigar, el ya desbordado llanto, daban a la escena un aire de patética impotencia. Pasé… Y avancé, porque la discreción era el único tributo que podía ofrecer a la doliente heroína del banco.


Pasar, avanzar y descansar bajo una arboleda colonizada por gorriones pendencieros, mirlos cascarrabias y chirriantes gafarrones; después, retomar la vida aprehendiendo que todos los sufrimientos humanos se manifiestan con el primer grito del neonato; todas las alegrías, en nuestra primera sonrisa, y que —pase lo que pase y cuando pase—, cada ser vivo tendrá el privilegio de protagonizar su final «por siempre feliz».