lunes, 14 de julio de 2014

Una cuestión de vida o muerte








Mimún salió a la superficie para saludar al nuevo día.
Era tiempo de cosechar, y también de sembrar, porque nada hay más importante que salvaguardar el equilibrio de Madre.
Timak asomó la cabeza y vio a su amiga correteando entre los rayos solares que el hermano ficus tamizaba antes de que tocaran tierra; sorteó la hojarasca y avisó a Mimún de que la colonia ya se había puesto en marcha: un grupo de exploradoras había localizado el cadáver de un pájaro y debían festejar la renovación de la vida: «un ser, múltiples propósitos».
Lo que las obreras ignoraban era que aquel montón de huesos, carne y plumón estaba corrompido a causa de un cebo mortal, dispersado aposta, para exterminar a todo bicho viviente que tuviera la desdicha de probarlo.

    …Mientras Mimún perece se pregunta cuál será el propósito último de la tribu humana.
FIN

martes, 8 de julio de 2014

La undécima hora







«Volverán, sin embargo, no serán los mismos».
La declaración del viejo nos puso los pelos en salazón, muy especialmente porque llevábamos horas pateándonos esa maldita isla.
  
 Desembarcamos la tarde del 21 de enero con un temporal del copón pisándonos los talones. Apenas divisamos el faro, el capitán nos lanzó al agua en un par de lanchas neumáticas; habríamos zozobrado de no ser por la urgente necesidad de vivir. La Corporación nos había enviado para recuperar los restos de un aparato ultrasecreto que había caído desde la estratosfera, y esperábamos encontrarlo antes de que la tempestad nos engullera a todos. El equipo estaba formado por dos buzos camicaces, tres científicos locos y yo, el jefe de seguridad, elegido no tanto por mi liderazgo como por haberle machacado la nariz al gilipollas del secretario general.


 


 
El primer inconveniente con el que nos topamos fue que la casucha en la que nos íbamos a instalar carecía de techo y amenazaba con desmoronarse; el segundo, que el viejo farero sólo disponía de sitio para almacenar el grueso del equipaje, de modo que, soltado el lastre, planté las tiendas a sotavento de una mole de rocas, al suroeste del faro, esperando que el viento no virara inesperadamente y acabáramos en el mundo de Oz.
La noche transcurrió con el bramido del viento voceando a través de las finas paredes de los iglús; pasada la media noche todo quedó en calma. Salí de mi tienda al mismo tiempo que mi equipo; el cielo estaba despejado y los astros brillaban como si estuvieran vivos; del viento no quedaba ni un soplo en lo que alcanzaba la vista, como si nunca hubiera existido. La doctora Rodríguez propuso comenzar la tarea en cuanto amaneciera.


El equipo se puso en marcha a las seis en punto como un instrumento perfectamente calibrado; los buzos recuperaron con eficacia la mayor parte de los cachivaches y ya sólo quedaba por localizar algo que, según la «doctora friki» era megavital. Sin embargo, tuvimos que suspender la operación porque el viento volvió como se había esfumado, a lo bestia.
La mañana siguiente nos obsequió con una bruma espesa, no de la que se pega a la ropa, sino de la que penetra en la piel hasta morderte los huesos, la niebla de la jodida mar. Después del recuento de víveres, comenzamos a preparar el desayuno; la doctora Rodríguez fue a buscar a su colega, el doctor Sanarrana, por si había vuelto a quedarse atascado en su saco de dormir. Rodríguez volvió con la noticia de la desaparición del científico y me organicé con los buzos para localizarlo mientras «doc’ friki» y Rodríguez continuaban con el rescate del artefacto.
  

  Carlos, Daniela y yo rodeamos la mole de piedra bajo la que habíamos pernoctado, por si al doctor le había dado un apretoncillo; ni rastro. Nos encaminamos al faro, tal vez el sentido del decoro los había llevado a él y a su “apretoncillo” hasta la guarida del farero. Después de un rato aporreando la puerta de la torre, apareció la figura enjuta, alta y de rostro cadavérico del endemoniado farero, en menos de un minuto nos despachó sin inmutarse por la desaparición de nuestro doctor.
De vuelta al campamento, Rodríguez nos informó de que la «doctora friki» se había volatilizado. Al parecer, la había engullido la niebla detrás de un talud. Dejé a Carlos y a la doctora Rodríguez en guardia y me llevé a Daniela a inspeccionar el terreno en busca de alguna pista, pero una recién e inoportuna lluvia borró, incluso, nuestras propias huellas.
Dos desaparecidos y el temporal que arreciaba. Aquello no pintaba nada bien. La isla era muy pequeña y su único habitante, el farero de los cojones, no era particularmente sociable. ¿Dónde se habrían metido esos dos idiotas?
Por la tarde, y sin haber localizado el dichoso «chisme megavital», ordené levantar el campamento e iniciamos una batida por toda la isla; con un poco de suerte, reuniría mi ganado a tiempo de embarcar en el remolcador que la Corporación nos enviaba a las 23:00 de ese día. El tiempo jugaba en contra.
Tres horas más tarde teníamos en nuestro poder todos los restos de la aeronave supersecreta, pero ni rastro de los desaparecidos. Di orden de separarnos y encontrarnos en la torre del faro transcurrida una hora. Sin duda fue una mala decisión, porque al faro sólo llegamos la doctora Rodríguez y yo: ¡ni Carlos ni sus cojones en vinagre! Así que decidí encararme a ese vejestorio faroleroy sacarle a golpes, fuera o no preciso, el paradero de mi equipo. Aporreé la puerta astillada hasta sangrar, entonces el viejo apareció detrás de nosotros...

La impresión que me produjo aquella declaración retuvo mi puño con la fuerza de diez hombres. Aquella forma de sonreír no era normal, ese endemoniado cabrón me recordaba a la Muerte que tantas veces había dibujado en mi macuto. Nos invitó a traspasar la puerta y, una vez en la sala, nos sirvió un té para entrar en calor —¡ostias!, aquel brebaje era más fuerte que el aguardiente—. Entonces comenzó a contarnos que él procedía de una larga estirpe de faraones egipcios; su nave había encallado en aquel océano, después de que seis de sus remeros cayeran fulminados por un rayo cósmico. Se encontraba a la deriva cuando los dioses nos enviaron para que él pudiera continuar su travesía. Rodríguez y yo nos miramos con una mueca estúpida, incapaces de controlar nuestro cuerpo y con la conciencia clara de que estábamos en un serio peligro. Sin más, la bruma ácida que comenzó a envolvernos reveló que la isla maldita era en realidad una embarcación antigua. El faraón ocupó el lugar del timonel y todos comenzamos a remar al unísono; mujeres y hombres de diferentes épocas coreábamos «¡por la gloria del faraón!» con cada golpe de remo; así, mientras moría nuestra conciencia, la nave funeraria se elevó sobre la espuma de mar impulsada por nuestros cuerpos mutilados.