miércoles, 24 de septiembre de 2014

¡Chispas!







Era un tipo de edad… corriente; ataviado según la etiqueta que obliga el tedioso calor veraniego, con una mochila de superviviente colgada a la espalda aunque eso lo ignoró mi pertinaz miopía y una perra saltimbanqui tironeando de su correa para «retar» a mi viejo fisgón.
¡Chispas!  Es el nombre que le dio el trotamundos a esta cachorra de «contenedor de basura» antes de hurtársela a la muerte, a fuerza de voluntad y unos caritativos biberones. Gracias a este encuentro, lograron salvarse la vida el uno al otro y conste que no lo digo para haceros moquear, sólo transcribo lo que ambos me dijeron…
(Dondequiera que paren vuestros mocos, no me incumbe).

Desde tiempos inmemoriales, las fábulas han humanizado, e incluso divinizado, a los seres que conforman la Naturaleza —en mi opinión, una maniobra primaria que sólo retrasó lo inevitable—. Lo paradójico de esta «humanización» reside en el hecho de que fueron concebidas para inculcar valores éticos y despertar la empatía, o el miedo; sin embargo, tras recibir infinitos papirotazos a discreción advertimos, de sopetón, que un ser de otra especie se ha convertido en nuestro «más-mejor» amigo: precisamente porque carece de la impronta humana, por su naturaleza diáfana, porque la lealtad mutua es el vínculo más puro jamás conocido.

¡Buena suerte!





domingo, 14 de septiembre de 2014

Apokálypsis






Las serpensimas nacen de las extremidades tronchadas de los serpens, unos árboles contorsionados que buscan y devoran con avidez los rayos lunares que alimentarán  a los ofidios que gestan en las entrañas de sus raíces; una vez maduros, los reptiles ascienden por el sinuoso fuste del serpens y permanecen aletargados en el interior de las ramas, a la espera del Viento de Nadir.
El sol asomaba por la loma como todas las mañanas de todos los días de mi vida, de todas las vidas de mis antepasados. Lo que distinguía ese amanecer del resto era la bronca que se avecinaba: los campesinos no daríamos nuestro brazo a torcer y «los fumadores de puros» estaban decididos a colonizar nuestras tierras, aun a costa de las bajas de sus subalternos, y de los hijos de las hijas de estos.
No había nada que sopesar: morir por las tierras o morir de hambre, esa era la disyuntiva que empujaba a campesinos y subalternos hasta el campo de batalla; a los del puro les traía al pairo las consecuencias, siempre y cuando, «ellos», tuvieran beneficios.


Foto realizada por Marcos P.L. (8 años)



«¡Silencio! ¡La ignorancia debe ser castigada!» —al menos eso voceaban en el colegio antes de sacudirnos el polvo—. Y como las Normas que rigen el «Sistema de normas», también están subyugadas por las caprichosas Excepciones…, resultó que esta norma magistral carecía de excepciones, —lo que explica que a todos los colegiales nos desempolvaran de tanto en tanto.
A las ocho en punto de la mañana de aquel martes, los contendientes nos ordenamos frente a frente, como si fuéramos a participar en el juego del pañuelo. Antes del pistoletazo de salida, notamos un viento abrasador que emergía de la tierra. ¡¿Cómo era posible?! Lo que siguió a esta anomalía resultó más turbador incluso: decenas de serpientes comenzaron a rodearnos, algunas con una sola cabeza, las más, con tres, pero todas ellas provistas de cuernos y pústulas que recordaban a la viruela boba. La perfecta formación que manteníamos se disolvió entre carreras y gritos agónicos; ese día no habría «juego del pañuelo», y tampoco los siguientes.
Las temibles bestezuelas se adueñaron de nuestro mundo; las gentes morían, y «los fumadores de puros» no tuvieron beneficios, de hecho, cuando tras encerrarse en sus búnkeres consumieron sus reservas de alimentos y puros, empezaron a practicar el canibalismo: «políticas de los clubes del búnker», según mi abuelo.
Sobre la superficie, mujeres, hombres, niños, y algún exfumador, nos organizamos para luchar contra aquel infierno. Aprendimos a vivir de prestado sin perder la esperanza; reabrimos la puerta a una época en la que «ser» era más importante que «poseer», una sabiduría que pueblos, ya extintos, intentaron legarnos.
Un día, el sol asomó por la loma como todas las mañanas de todos los días de mi vida, de todas las vidas de mis antepasados. En ese amanecer, las serpensimas se tornaron ceniza cuando el Viento de Nadir exhaló su último soplido.


Foto realizada por Álvaro P.L. (5 años)

sábado, 6 de septiembre de 2014

La verdad sobre el caso Pandora







«La esperanza anida en el corazón humano y se aferra a él con la desesperación de una náufraga»
No fue la curiosidad el motivo de «el incidente» —tal y como me imputaron los poetas—, sino los celos de un Dáimôn: al arrancar el falaz corazón de este genio, bienes y males escaparon dejando un residuo de esperanza, y antes de que ésta se perdiera, comí de aquella víscera palpitante con el fin de que la esperanza perviviera y se propagara a través de mi estirpe.
Permitid que me presente:
Me llaman Pandora y soy «la primera». Fui creada para consumar la venganza de Zeus, Señor del Olimpo.
Durante eras, dioses y hombres convivieron en paz, pero el descarado hurto de Prometeo laceró el orgullo del Gran Señor, por ello, Zeus ordenó a Hefesto que me modelara, y al resto de los Inmortales, que me ataviaran con los dones y maldiciones que darían tormento a los hombres por los siglos de los siglos.
 Seguidamente fui descendida a la Tierra por el divino Hermes, para ser regalada al hermano de Prometeo —el atolondrado Epitemeo— que desoyendo los consejos del ladrón del fuego, me gozó en su lecho sin parar mientes; mas la fusión de «los contrarios» encolerizó al Dáimôn de mi amante esposo; el genio protector creyó que venía a usurpar el corazón de su Epitemeo y quiso asesinarme cuando yacía en mi tálamo: presta, rompí el ánfora que me confirieron los dioses y, empuñando un  fragmento de obsidiana, cumplí la venganza del Gran Padre.
Las verdades tienen muchas caras;
 la realidad, una sola.