El diagnóstico






Salí de la consulta con un puñado de recetas y la sensación de haberme convertido en una cobaya. ¿Cómo explicarle a Emilio que no tenía «nada»?
De camino a casa, imaginaba un contubernio de facultativos remedando la cara de póker de sus pacientes mientras los demás se desternillaban: «¿Y qué dice que tengo, doctora…?». ¡Ignorancia!, la peor pandemia que azota al picatoste humano desde que salió de la Sopa Primitiva.
Ignoro el nombre de mi diagnóstico, pero sufro los síntomas y las amputaciones con la ingenua resignación que siempre brinda la fe, y agradezco los ignotos agentes químicos que me inoculan para sustituir un sufrimiento por otro menor… o mayor, ¿quién sabe?, porque a largo plazo ignoro los efectos colaterales.
Así llego hasta la puerta, sin saber qué respuesta darle a Emilio, sin saber cuándo volveremos a tener electricidad, sin saber adónde ir a mendigar trabajo, sin saber cómo pagaré los libros de Anita; sin saber, sin sabor, sin salida y con el prurito inmisericorde de llegar, por fin, al cese de tanta hostilidad.

Comentarios

  1. Uf, que situaciones pueden vivirse, sin saber, sin sabor, que deparará el futuro.
    Buen relato.
    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A veces, la vida es así: mirar atrás con más tristeza que alegría, y caminar hacia el frente con la misma incertidumbre que lastra a un soldado.
      Gracias por tu valoración, Juan Carlos. Un abrazo.

      Eliminar
  2. Qué extraordinaria manera de afrontar la terribles realidades que, por desgracia, nos rodean. No hace falta mirar muy lejos para encontrar muchos “Emilios” a los que no sabemos qué decir.

    Gracias, Esther, por mirar la vida de frente.

    Besos y abrazos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Existen personas capaces de ver lo mejor que ofrece la vida -sin que ello las inmunice- y personas que arrastramos el don innato de reconocer lo terrible -sin que por ello sepamos valorar las alegrías.

      Un abrazo, Mari Carmen.

      Eliminar
  3. No tener nada y a la vez tenerlo todo....un mal muy de nuestros días.Muy bueno.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bien visto. A pesar de todos los avances científicos, culturales y sociales, el mayor causante de nuestro sufrimiento sigue siendo el mismo que el de nuestros antepasados. Creo que amo y odio las paradojas de la vida a partes iguales.

      Un abrazo, Charo.

      Eliminar
  4. Es posible que en una historia, como en la vida, nos azote un problema o dos, pero no todos los problemas del mundo. Deberías aprender a relativizar, quitarle hierro al asunto.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. No creas; si la he escrito es porque conozco gente a quienes las desgracias les llueven. Aunque sí que es cierto que un instinto de supervivencia sano tratará de que su protegido mire el mundo con prespectiva, si bien para eso, primero hay que ver la oscuridad antes de reconocer la luz.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario