lunes, 19 de enero de 2015

La llamada




Pierna sobre pierna a modo de atril, viajaba en el segundo vagón con un petate que, a todas luces, revelaba su estatus de estudiante nómada; el teléfono pegado a la oreja y una intensidad de voz que denotaba desdén ante un, más embebido que obligado, público, confirmaban mi hipótesis.
»…De camino… Algo más de dos horas. Hablaremos cara a cara los tres… Me siento mal por no haber estado allí… Comprendo que debías desahogarte… Esto no tiene solución, pero hay que hablar de ello… Pronto…
Mientras la velocidad emborronaba el paisaje ante mis ojos, yo trataba de esbozar las piezas que faltaban en ese rompecabezas desparramado con alevosía: ¿la viajera ostentaba compulsivamente un altruismo filantrópico? ¿O se trataba de algo más jugoso? ¿Era ella el tercer lado de un triángulo isósceles que —según la moralidad vigente— jamás devendría en equilátero?... ¡Eso explicaría la «irresolución» del nudo!

Con el relato juvenil a medio zanjar, anunciaron por megafonía la siguiente estación «…Lyon…», y de nuevo el turbador dilema: desmadejar el último enredo o apearme del tren…
Nadie de entre la marabunta del andén reparó en que le pisaba los talones al carcamal del bombín, ni siquiera él, que desde que embarcara en París, estuvo consagrado en cuerpo y mente a mortificar a la asistente que lo acompañaba.
Llegados a este punto, permitid que me presente: soy Jon, viajante de productos quirúrgicos y  reo de una serie de anécdotas inconclusas que excitan mi condenado ingenio; sólo quienes persiguen mi carrera literaria en la INTERPOL saben apreciar los desenlaces que, magistralmente, cincelo sobre los cadáveres de mis musas.
Sepan ustedes que, merced al viejo calavera, estoy a un tajo de inmortalizar un himno a la voluptuosidad que hará las delicias de los alumnos de criminología.
En cuanto a la joven estudiante, tengo el absoluto convencimiento de que nuestros caminos se volverán a cruzar.

Bon voyage!

lunes, 5 de enero de 2015

Poema del cazador sin pistola




Inés toca su violín
junto al viejo Calcetín;
él sueña con ratones
de todos los sabores.



«¡Marramiau!» —Protesta el cazador.
Con un ovillo danzarín,
Inés despierta a Calcetín
y prosigue su bordón*.