jueves, 26 de marzo de 2015

Pelusillas en el ombligo






José Antonio López Rastoll y una servidora tienen el honor de presentar al mundo...


Pelusillas en el ombligo

 

Y como lo bueno si breve, dos veces bueno, les remito al blog EL MIRADOR para mayores detalles de la dichosa anunciación.


Gracias a mi hermana Noelia, que aun a sabiendas del peligro que corría sólo por apuntarme con su cámara de fotos, se jugó el todo por el todo y disparó más veces de las que habría sido prudente... (en cuanto cerdhucha esté jamona, ¡te compro una réflex!).

domingo, 15 de marzo de 2015

El laberinto del cuervo




Si el cuervo anidaba en el laberinto o si el laberinto enraizaba en el propio cuervo, nunca lo sabría. Lo único que tenía claro era que, para salir de aquel berenjenal, debía superar en astucia al malhadado Belcebú, y en rapidez, a la mismísima Quimera.
Me llaman Maese Sonajero y soy el mejor  «sonado» de la comarca. Mi trabajo consiste en mezclar ondas sonoras, enlatarlas y venderlas en las ferias locales. Tengo latas para todas las ocasiones: casorios irrisorios; deshonras, con y sin escarnio; surtido de apareamientos; simples o compuestos velatorios; pataletas de todas las edades; extirpaciones por expiaciones, y la joya de la corona: Pandemónium Parlamentar. Fue precisamente el engarce definitivo de esta joya la que me metió en el pico del pollo, porque para alcanzar la perfección de tan codiciada lata, debía conseguir el reclamo de la más abyecta de las aves: el cuervo. El problema es que estos malditos bichos siempre fueron muy esquivos. ¿Cómo funcionarían los reinos sin éste, mi cetro de hojalata? Así pues, cargué en la mula todos los cilindros de «Pandemónium Parlamentar» que pude fabricar y me eché al camino.


Amo de los cielos, planeaba sobre y a través de aquel caótico trazado, imaginado y erigido sólo para confundir y extraviar. Mientras trataba de dilucidar el camino de vuelta, recogí varias plumas —negras como su dueño, livianas como la boira envolvente—. ¿Mi propósito? Enlutarme con el plumaje de aquel y engañar al laberinto. Me había aventurado al amanecer, sin embargo, mientras mi estómago iba dando las horas, el Sol se mantenía firmemente incrustado en el mismo trono, como si los demás astros no contaran para nada. Jamás habría caído en la trampa de no ser por aquel imponente graznido reclamando mi atención; por desgracia, a mi mula, el susto le produjo un terrible retortijón que la dejó en el sitio, tuve que resignarme con acarrear tan sólo seis cilindros, con sus respectivas «pajitas ultrasónicas» —pendientes de patente—. Anduve por el laberinto resuelto a cazar los graznidos del esquivo bicharraco, pero pronto comprendí que tendría que pagar un precio.
«Menos dos cilindros; faltan cuatro». A esas alturas ya me había dado cuenta de que entre aquellos muros de boj se escondía algo mucho más aterrador que el miedo. Tenía la fuerte impresión de que los  setos se movían a voluntad —no sé si propia o de otro—, así como recorría un sendero, me era imposible desandarlo; nunca en mi vida había sufrido tantos escalofríos, salvo cuando tuve que confesarle a mi mentor que no podía darle nietos porque su hija…  «nos repugna»... En fin. No tardé mucho en encontrarme cara a cara con el cuervo, preparé el tercer cilindro, pero él permaneció en silencio, sus ojos negros se convirtieron en dos ascuas y me lanzó una sonrisa rígida. Una voz chirriante me taladró el cerebro.
—«¿Crees que puedes venir a robarme?»
  No soy un ladrón, sino un artesano.
  ¡Entonces, como comerciante, deberías saber que todo tiene un precio!
  Tan sólo recojo de la naturaleza lo que ésta desprecia. A nadie perjudica mi actividad.
  Y ¿en qué consiste esa "actividad"? —graznó por tercera vez (tercer cilindro, ¡listo!).
  Recojo ondas sonoras que luego mezclo y enlato para enriquecer la vida de mis clientes —respondí yo con la más embaucadora de mis sonrisas.
El viejo cuervo se giró con ese característico «flap…» de plumas que tanto adoran las cortesanas incluir en la confección de sus galas. ¡Lástima no llevar encima una cajita de rapé!
  ¡¿Para qué usas mi voz?! —me ensartó el cerebro.
  Para crear disputas en los consejos de gobierno reinantes. Estos cilindros los vendo como rosquillas a lo largo y ancho del continente, y ahora necesito rellenar estos para empezar a exportarlos allende los mares.
  Entonces tú y yo tenemos un acuerdo.
  ¡¿Qué?! —proferí tembloroso.
  Yo te proveo de mi voz siempre que tú regales en tus transacciones un saquito de arpillera.
  ¿Y qué contendrá el saquito? —pregunté receloso.
  Raíces y semillas de este boj. A la gente le encanta rodear sus propiedades con setos robustos y espesos. Tú ganas clientes contentos y yo, como guardián de la Naturaleza, cumplo con mi misión —argumentó sin abandonar la sonrisa hierática.
La propuesta parecía del todo inocente… y ventajosa, de no ser por el frío acerado que me recorría la espalda en todas direcciones. Sin embargo, ¿qué otra opción tenía? Aquel demonio parlante no me dejaría marchar entero, a no ser que aceptara su negocio. ¡Cómo envidiaba el destino de mi mula!
Sin ánimo de acribillaros con detalles mercantiles, os diré que mi pequeño taller se granjeó la fama mundial, y yo, kilos y kilos de oro. Todos mis temores se esfumaron de un plumazo hasta que comenzaron a sonar campanas de guerra.
Primero fueron las villas, luego los villorrios. Cualquier lugar al que hubiera llegado el «Pandemónium Parlamentar» estaba en guerra. Viajé hasta los reinos más lejanos para comprobarlo con mis propios ojos: el maldito boj se alzaba dentro y fuera de las poblaciones sembrando la discordia, y sobre cada seto, graznaba de satisfacción el sempiterno cuervo.
De vuelta en mi palacete, corrí hasta el arcón de mi alcoba y lo revolví en busca de las plumas negras que había usado como talismán durante mi aventura. Me dirigí completamente solo hasta el laberinto de la desdicha y allí grité como un poseso hasta que el cuervo apareció ante mí.


— ¡Cuervo! —Bramé— ¡Deshaz el daño que has provocado en todos los reinos del mundo!
— ¿Por qué crees que lo haré? El mundo se postrará ante mí dentro de poco. ¿No los oyes invocarme?
Lo único que oía en ese momento era el latido acelerado de mi corazón y a mi propia conciencia chirriando de culpa.
— ¡Te propongo un nuevo trato, maldito demonio!
— ¡Demonio fue el padre que te engendró! —Graznó el cuervo.
Esa estocada me dejó fuera de juego, lo reconozco; lo que menos esperaba era una respuesta pueril. El cuervo había descubierto mi baza; al parecer, mi interpretación visceral no había sido lo bastante buena para embaucarlo. Me retrepé sobre mi papel de comerciante y puse las cartas sobre la mesa.
— Sé que a los cuervos os gustan los enigmas.
  ¿Qué me propones? —preguntó chasqueando el pico.
— Si resuelves mi acertijo, dejaré que recojas tu «cosecha»; si no lo consigues, liquidarás todo el mal que has sembrado.
— Hummm… ¿Jugando a ser dios, maese Sonajero?
¡De acuerdo! Devorar tu alma me va a proporcionar un placer inigualable —se burló.
Con el miedo reptando por la nuca cerré los ojos y éste fue el órdago que le lancé.
—Escucha atentamente porque no lo repetiré, cuervo:
«¿Qué retumba amenazador en mi cabeza y es suave como el plumón?»
— ¡YO! —Graznó el cuervo erizando las plumas del pecho.
— ¡Fallaste, pollo pomposo! ¡Es el viento!
— ¡MIENTES, soplagaitas!
El bicharraco abandonó su posadero dispuesto a incumplir nuestro pacto; como ya había tenido en cuenta la bellaquería del córvido, extraje de mi saco eslabón y pedernal con la intención de incendiar el laberinto. Prendí la yesca y corrí como alma que persigue el diablo; sólo me detuve un instante a contemplar el fin del Imperio del Cuervo.
A mi regreso a la aldea me replanteé el trabajo y resolví aliarme con músicos y artistas para comenzar a enlatar sonidos que restablecieran la paz en el mundo conocido.