Hijas de Muerte



Gracias a mi hermano Juanjo por enviarme tantas hermosas imágenes desde su despacho


Buenamuerte y Malamuerte fueron dos hermanas inseparables desde su nacimiento —digo hermanas como podría decir hermanos, ya que estos entes no se cocinaron en la misma sopa boba que nosotros.
En un principio, las mellizas administraban la buena y la mala muerte sin discriminación, más tarde, comenzaron a reñir acerca de la cuota correspondiente a cada una, por eso, y para zanjar tan enojosa disputa, decidieron dividirse a los «excretantes»: flora y fauna irracional para Malamuerte, bestias racionales para Buenamuerte. Sin embargo, pasado el tiempo, Malamuerte se percató de lo injusto del reparto, si bien a ella —o a él— le correspondía un número mayor de finados, a Buenamuerte le tocaban siempre las mejores piezas:
 
«¡¿Cómo comparar se puede
una selva calcinada
con una brocheta humana?!»

Gruñía.
 
Además, su hermana Buenamuerte era una sosaina; por ejemplo: las brujas no la diñaban hasta que abandonaban sus brujerías; los niños sólo podían morir de aburrimiento —¡bah!—; los mozos, por falta de placer carnal; las jóvenes doncellas, de puro desamor, y las viejas, de amor cortés. Coincidiréis conmigo en que la rabieta de Malamuerte estaba plenamente justificada.
Tras varios eones de rencillas, las hijas de Muerte llegaron, al fin, a un acuerdo: Buenamuerte guiaría a los varones a través de los campos de honor, mientras que Malamuerte se ocuparía —creativamente— de las mujeres. Sólo quedó una cuestión pendiente: los impúberes; dado que en este caso no había consenso, pensaron cedérselos al Arcángel de la Muerte, responsable de la guarda y custodia de las almas del Limbo.
Como bien es sabido, «la fortaleza de la hermandad» pende del equilibrio entre lealtad y traición, por eso, de tanto en tanto, las hijas de Muerte se birlan, la una a la otra, la clientela; y si ruge el siroco, consienten aliarse para timar al Arcángel de los niños, lo malo es que, con frecuencia, las criaturillas acaban escindidas, pues, Buenamuerte y Malamuerte son incapaces de repartirse el botín como buenas hermanas.

Comentarios

  1. Vamos, igualito que cuando dos hermanos se pelean por qué ver en la tele del salón, quién pilla la ducha el primero a la mañana o quién disfruta de la Play Station con los amigos en una tarde lluviosa y fría del fin de semana.
    Qué quieres que te diga, a mí me ha caído mucho mejor Buenamuerte.

    Un abrazo.

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  2. Sí Alicia, justamente eso. Yo también prefiero a Buenamuerte, como poco, tiene una imaginación más amable que su hermana.

    Me encantó el último post de La Nieve; nunca me interesó mucho San Valentín, pero lo que nos desvelas con tanto acierto y de forma tan amena es digno de compartirlo en la red.

    Un abrazo.

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  3. Una nueva leyenda, con su liosa exposición, para explicar algo tan sencillo como el bien morir y el mal morir. Es simple. Aprovechar hasta el último segundo es el bien morir. Qué pena que algunas personas se empeñen en escribir en vez de vivir.

    Un abrazo.

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  4. No hay nada sencillo en la vida y en la muerte, aunque nos empeñemos en creer que es así, y la razón es que tan simple como obvia: no hay persona que sea igual a otra.

    Un abrazo.

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