El gusano saltarín






Había una vez un gusano de naranjo conocido por todos como Don GuSaltarín. Este curioso nombre se debía a que, a pesar de no tener ancas, ni patas, ni muelles, el gusanito había desarrollado la habilidad de ejecutar los más arquetípicos brincos jamás imaginados en el Reino Animal.
Don GuSaltarín solía pensar, entre bote y rebote, que era un ejemplar ilustrado y no porque el famoso pintor Fernando Botero lo hubiese retratado en Naranja, un óleo sobre tela de 1977 sino porque él, un pequeño gusano, había desarrollado su pensamiento racional más allá del límite concebido para un invertebrado. Cada noche gozaba refugiándose en la naranja más jugosa de mi huerta y después de cenar, se aplicaba febrilmente a la tarea de diseñar, sobre la monda lironda, el próximo salto que lo catapultaría a las estrellas.
La vida de Don GuSaltarín fluía bajo una duermevela tachonada de euforia y zozobra; el último salto debía ser siempre el más perfecto. Sin embargo, la motivación de mi devorador de naranjas no se reducía a la mera práctica empírica. Don GuSaltarín tenía una debilidad, GusAnnette. Ella era una esplendorosa luciérnaga que gustaba lucir palmito sobre las ramas del sauce que crecía junto al estanque. Para desgracia de Don GuSaltarín, esta belleza luminiscente opinaba que cito textualmente «semejante gusarapo no es digno ni de abrillantarme los élitros y mejor haría en unirse a un circo de pulgas saltimbanquis». Tal desplante habría merecido una purga racional, pero el amor no se deja regir por el sentido común y Don GuSaltarín metamorfoseó el chasco en alegre admiración: «¡Qué carácter tiene GusAnnette! ¡Ella sí que es una gusana, y no esas blandengues zampa-frutas!».
La noche que festejaban el solsticio de verano, Don GuSaltarín propuso a los habitantes del jardín celebrar un torneo de piruetas aéreas: Día, la séptima noche de julio; lugar, el claro bajo el sauce llorón; premio, nombramiento como Piloto de la Orden del Círculo Alado. Llegado el momento, todos los insectos, peces, mamíferos y anfibios de mi jardín se reunieron en el escenario de la contienda.
GusAnnette, que vivía en la rama más alta del sauce, se mostró muy disgustada por semejante pandemónium. Era la época en que debía brillar con más atractivo que nunca para lograr cautivar al aspirante que contribuyera en su primer y último desove. Sin embargo, se sentía tan irritada que tan sólo era capaz de emitir una funesta luz intermitente que, de seguro, espantaría a los pretendientes. Por fin, decidió bajar al suelo para leerles la cartilla a esos destrozahogares. Don GuSaltarín, al ver descender a su tierno amor, se apresuró a recibirla con un jugoso pinchito de babosas. GusAnnette lo apartó de un empujón y lo acusó de intentar envenenarla: «¿Acaso no sabe todo el mundo que las luciérnagas adultas consumimos las reservas energéticas que almacenamos cuando somos larvas?». Al parecer Don GuSaltarín no lo sabía, y lo que es peor, también ignoraba el peligro al que estaba exponiendo a su gran amor; de entre los congregados al evento no sólo se hallaban conejillos, saltamontes, ranas y mirlos, también estaba presente un viejo murciélago que, tiempo ha, yo había contratado para mantener a raya a los insectos desalmados. Cuando el viejo Conde Murgo ecolocalizó a la orgullosa GusAnnette el ataque fue fulminante; en un abrir y cerrar de ojos la gusanita de luz desapareció entre las fauces de su enemigo natural.
La vida jamás detuvo ni detendrá su avance ante la felicidad o la desdicha de sus vasallos; el torneo acrobático se inauguró como si nada hubiera ocurrido. Suspendida entre los haces de luz eléctrica, Pop’Polilla mi confidente observó cómo nuestro gusano enamorado iba arrastrando su fatídica realidad lejos del estanque.
FIN
Epílogo: Don GuSaltarín no tardó mucho en superar la tragedia y en julio de 1980 constituyó la FRIA-c.


 
Moraleja: Para convertirte en un auténtico Ilustrado debes empezar por conocer el ecosistema del que formas parte.
Alicante, 26 de abril de 2011.
Impulsos. Relatos Urbanos. ECU, 2011.

Comentarios

  1. Una auténtica delicia para leer! Pobre GusAnnette!, aunque fuera un poco orgullosa tampoco se merecía ese final...
    Me ha encantado!
    Un beso

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    1. Gracias, Charo. La verdad es que salió resultón el cuento.
      El final, sí, implacable, aunque no tanto para escarmentar a las y los gusanos fantasiosos, sino por no romper el hilo de realismo con el que fue concebio y tejido.

      Te mando un superabrazote vía fibra hipnótica :-D

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  2. No conocía esta fábula que, además, figura en libro. Sí que es verdad que, cuando uno se enamora, se pone tonto perdido. Afortunadamente, la vida enseña a quererse a uno mismo (y no pienses mal).

    Un abrazo.

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    1. Los amores platónicos, y no correspondidos, pueblan las calles, los campos y quién sabe si el Universo enterito, sencillamente porque el instinto de supervivencia de la especie no atiende a razones y actúa sin ton ni son con los ya consabidos resultados negativos. Como bien apuntas, el amor propio se aprende o no se aprende, lo que es paradógico, porque aprender a amarse a uno mismo debería ser prioritario para la supervivencia.

      Un abrazo.

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  3. Algunos personajes, con acciones indeseables, convierten lo improbable en imposible.
    Saludos.

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    1. Cierto, Demiurgo de Hurlingham, por eso siempre es conveniente dejar a un lado el corazón, o lo que es lo mismo, las expectativas nacidas de ideales caballerescos, y usar el sentido común, así nos libramos de lances dolorosos. Por desgracia, esto sólo lo aprendemos con el paso de los años.

      Saludos.

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