La becaria





Mi abuela, tras jubilarse como profesional de sus labores con más de setenta años al servicio de la comunidad, se matriculó sin miedo ni pereza en una Escuela de Adultos para «enseñarse informática». En calidad de alumna de traslado, dirigió al ministro de Educación una carta en la que solicitaba una beca que cubriera los gastos formativos, así como su estancia en la residencia toledana «Yayic@s 0.3».
Hoy, mientras preparo sus memorias, no puedo dejar de contemplar con orgullo el “Premio a la constancia” que le fue concedido por la siguiente ministra de Educación, y un «Reconocimiento cum laude por sus labores como administrativa y contable, chef de alta cocina, sanadora, cuentacuentos, decoradora, psicóloga, “chapuzas”, artesana, costurera...»
Soy el nieto de la Calista y así empieza su historia.




Comentarios

  1. Claro que sí! Sin duda esa es la actitud, nunca es tarde para aprender cosas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Claro, a fin de cuentas cada persona aprende a su propio ritmo y posee múltiples talentos que puede descubrir o potenciar; sólo la falta de voluntad o de salud pueden ser un obstáculo.

      Una abrazo, Charo.

      Eliminar
  2. Al hilo de tu historia, cada vez me sorprende más el número de mayores de 25 años que deciden estudiar. Unos, una carrera universitaria. Otros, un ciclo formativo. Por otro lado, veo a jóvenes que, con apenas el graduado escolar, esperan que el próximo gobierno les saque las castañas del fuego. Ya cumplirán años, ya.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es la vida: una de cal y otra de arena. Nos angustiamos por los más jóvenes que no quieren estudiar sin recordar que, tarde o temprano, su realidad se vendrá abajo y se toparán con el mundo tal y como es, tan implacable como lleno de posibilidades.

      Que haya gente mayor que quiera aprender sin ponerse como límite la edad -y sin que las instituciones los limiten-, es una buena noticia que aporta esperanza sobre el desarrollo evolutivo de las sociedades.

      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Esta historia me ha hecho recordar que una de mis abuelas, la de los ocho apellidos vascos, junto con otros tantos sexagenari@s del pueblo, se apuntaron a la escuela de adultos para hacer número y que no desplazasen al maestro que tanto les había costado conseguir. Cuando los nietos íbamos a por la paga nos enseñaba los cuadernos con los deberes. Ya ves. Y ahora teniendo que motivar a algunos biznietos de esa generación peleona. En fin.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Para quienes se han tenido que ganar la vida desde muy jóvenes, la educacióne es un bien precioso. Esto mismo es lo que intentaba explicarle ayer a mi sobrino. Porque están sobreprotegidos ante el hambre y la sed, el frío y el calor, la frustración de no tener -luego, no ser- se asombran de que una niña se jugara la vida en su empeño por asistir a la escuela.

      Tal vez, porque la escuela no se ha adaptado a estas sociedades de la comodidad, del estímulo constante, de la inmediatez, los jóvenes no le encuentran sentido a pasarse horas enteras "empollando". No sé, da mucho que pensar, y, sin duda,los políticos -y sus cuestionables asesores- no son las personas más capacitadas para legislar la educación, creo que ya está sobradamente demostrado.

      Un abrazo Alicia, y nuevamente mi enhorabuena por el resultado del concurso de Aste Nagusia.

      Eliminar
    2. Por cierto, les contaré a mis sobrinos la historia de estos maravillosos sexagenari@s ;-)

      Eliminar
  4. ¡Ole y ole por la Calixta! Que relato tan dulce, tan fresco, tan tierno..
    Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siempre es satisfactorio encontrar a alguien que le guste un relato, sobre todo, porque nunca sé cómo va a calar en los lectores y lectoras (lo que demuestra, una vez más, que soy una bloggera temeraria).

      Gracias, Rosa, y un abrazo.

      Eliminar

Publicar un comentario