sábado, 27 de febrero de 2016

CRONOS





Por Navidad le regalé a mi tío un cronómetro, sin recordar que su gastado corazón le impedía pedalear.
Días después, supe que mi tío Raymond andaba cronometrando todo lo que encontraba durante sus excursiones pedestres.
Una tarde, me confesó que, tras evaluar al mismísimo Cronos, descubrió que cada día perdíamos tres minutos. Por supuesto, pensé que su maquinaria empezaba a fallar. Disconforme con mis perogrulladas, continuó experimentando.
Finalizado junio, sentí la clásica angustia de quien extravía… Hablé con mi tío, éste sacó un cuaderno e hizo cálculos: ¡más de nueve horas desaparecidas! Corrimos hasta comisaría para denunciar el hurto.

lunes, 15 de febrero de 2016

Hijas de Muerte



Gracias a mi hermano Juanjo por enviarme tantas hermosas imágenes desde su despacho


Buenamuerte y Malamuerte fueron dos hermanas inseparables desde su nacimiento —digo hermanas como podría decir hermanos, ya que estos entes no se cocinaron en la misma sopa boba que nosotros.
En un principio, las mellizas administraban la buena y la mala muerte sin discriminación, más tarde, comenzaron a reñir acerca de la cuota correspondiente a cada una, por eso, y para zanjar tan enojosa disputa, decidieron dividirse a los «excretantes»: flora y fauna irracional para Malamuerte, bestias racionales para Buenamuerte. Sin embargo, pasado el tiempo, Malamuerte se percató de lo injusto del reparto, si bien a ella —o a él— le correspondía un número mayor de finados, a Buenamuerte le tocaban siempre las mejores piezas:
 
«¡¿Cómo comparar se puede
una selva calcinada
con una brocheta humana?!»

Gruñía.
 
Además, su hermana Buenamuerte era una sosaina; por ejemplo: las brujas no la diñaban hasta que abandonaban sus brujerías; los niños sólo podían morir de aburrimiento —¡bah!—; los mozos, por falta de placer carnal; las jóvenes doncellas, de puro desamor, y las viejas, de amor cortés. Coincidiréis conmigo en que la rabieta de Malamuerte estaba plenamente justificada.
Tras varios eones de rencillas, las hijas de Muerte llegaron, al fin, a un acuerdo: Buenamuerte guiaría a los varones a través de los campos de honor, mientras que Malamuerte se ocuparía —creativamente— de las mujeres. Sólo quedó una cuestión pendiente: los impúberes; dado que en este caso no había consenso, pensaron cedérselos al Arcángel de la Muerte, responsable de la guarda y custodia de las almas del Limbo.
Como bien es sabido, «la fortaleza de la hermandad» pende del equilibrio entre lealtad y traición, por eso, de tanto en tanto, las hijas de Muerte se birlan, la una a la otra, la clientela; y si ruge el siroco, consienten aliarse para timar al Arcángel de los niños, lo malo es que, con frecuencia, las criaturillas acaban escindidas, pues, Buenamuerte y Malamuerte son incapaces de repartirse el botín como buenas hermanas.