miércoles, 28 de septiembre de 2016

La rana y la piedra



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Vuelve la rana croando por su amor perdido.
En esta versión he incluido dos pizarras para que los jóvenes lectores puedan pintar con los dedos.


domingo, 4 de septiembre de 2016

Mª Electra



A mi compañera le han prohibido ver los documentales de La2.
Una tarde emitieron una narración aumentada de la vida de todos los bichiños que habitan nuestra piel. Ése que vive en los folículos de la cara, se aparea por la noche y muere de un reventón por carecer de ano ¡ave, orificio redentor!se convirtió en mi ácaro preferido, y así se lo comuniqué a Marinela en una cívica colación de té con pastas; fue un deleite ver cómo se le iba desencajando el rostro al enumerar los pormenores de la microvida del arácnido. Al día siguiente, Alfonsina dio la voz de alarma: a Marinela le había dado por hurgarse los poros con un imperdible y tenía el rostro en carne viva; la muy cursi no paraba de repetir que debía acabar con esas bestias fornicadoras que la volvían impura ante los ojos de Dios. Como era de prever, en la Residencia de Reposo Madame Butterfly se armó la marimorena: don Sancho, que tanto empeño puso en ocultar el drama, prendió la llama de la curiosidad juvenil ―de atizarla ya me encargué yo―, así que, pronto empezaron a llegar telegramas de padres y putativos irritados ―nunca de madres; todos saben que no tienen autoridad ni para preñarse―. Tras las hábiles maniobras de la dirección del centro, las aguas volvieron a su cauce, a fin de cuentas, «las responsables han sido cesadas y no conviene dar pábulo a las extravagancias de las chiquillas».
Dos meses y... algunos incidentes más tarde, papi en persona llegó al rescate en su flamante Rolls-Royce ―ya repintado―; liquidó la cuenta de mi estancia en la Madame Butterfly y nos largamos de aquel tugurio.
«Papaíto ―suspiré― sabes que nunca haría nada que te disgustase… Te quiero...» Silencio.
«¡Mírame, papá!» ―imploré.
Él permaneció impávido, ajeno a mi dolor, a mi ansia de que comprendiese por qué hice lo que hice: su anillo de boda..., los equívocos de la sirvienta eslava, el traspiés de Juanmi..., la autoinmolación de la mojigata de Marinela en la que nada tuve que ver. Padre mantuvo la vista sobre la carretera, como si el polvo que nos salpicaba fuera más importante que yo, su benjamina, ¡su caballito del diablo!; entonces sentí que de nuevo acudían a mí las Furias: ellas, que auparon al galgo favorito de padre hasta la horca; ellas, que forzaron el parto de madre hasta su expiración... ¡Sí! ¡Un volantazo y jamás nada ni nadie podrá interponerse entre mi papi y yo!
Por desgracia, no conté con la jodida sensiblería de la Muerte, empeñada siempre en reunir a los amantes esposos en La otra vida.