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El trompicón de Cáncer

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Se hacía llamar Excelentísimo Cáncer y era el gobernador más artero de Puerto Pesquero; llevaba los asuntos de Estado ―sus asuntos― con pinza de acero; en cuanto a «los de abajo»―a los que llamaba quejillones eran unos bivalvos ejemplares: al tiempo que respetaban la Ley, lograban colmar la perversidad de su gobernante que, dadivoso, otorgaba plena motivación a sus quejas. Durante su mocedad, Cáncer no tuvo reparos en mostrarse como lo que era: un crustáceo irascible y protestón, malcriado y gritón, invasor y abusón que jamás permitía que nadie le tocara la pinza; en resumen, lo que se dice un mal bicho. Los forasteros, confiados ante su apariencia de pelele, eran blanco seguro de sus tropelías: tanto si le rebanaba las antenas a una langosta migratoria como si se le antojaba maniatar a un calamar, el malandrín se las ingeniaba para no acabar condenado a ser pasto de gaviotas.
En el estado actual de «absoluta democracia reinante», la Batea IV marchaba viento en popa, mas, como todo fin…