El ensayo




Fotografía de HPG



Mi aventura empezó la mañana que desperté con la dolorosa certeza de haber sobrepasado mi límite de dos pintas negras: «¡Me pesa hasta el alma!», pensé. ¿Quién iba a decir que la simpleza de esta frase podía conducirme ese día por la senda de la alquimia? Porque, seamos realistas, hasta hoy, nadie ha demostrado la existencia del alma; mucho se ha debatido —eso sí— a favor y en contra en los tres últimos siglos (antes, nada, so pena de tortura), sin embargo, no existe en todo el planeta una sola prueba empírica; por esa razón, yo, la doctora Cornelia Cornejuelo del Cortijo, voy a desvelar, por fin, el misterio de los misterios, y nada más sencillo que tratar de pesar el alma, pues si el alma tiene densidad, por fuerza, tendrá peso. Para ello, alquilé la tarde del 14 de enero 2017 un laboratorio a las afueras de Londres, ciudad en la que residía desde hacía tres lustros. Dado que soy una neurobióloga meticulosa, quise empezar por el principio, de manera que reproduje parte del viejo ensayo del doctor Duncan MacDougall que, en 1907, ocupó su tiempo de ocio en pesar moribundos (por una cuestión de ética personal, y porque tanto las instituciones científicas como religiosas están de acuerdo en que los animales no poseen alma, me abstuve de repetir la crueldad de usar perros en este y en los posteriores ensayos):
  1. Elíjase a un varón voluntario a punto de diñar y pésese.
  2. Cójase al mismo varón finado y pésese de nuevo.
  3. Réstese ambos resultados para obtener el peso del alma.
Repetí este mismo proceso con diecinueve varones más y veinte mujeres, obteniendo resultados dispares, con independencia de la edad, el género, la raza o la religión. Entonces, ¿cabía suponer que el peso del alma de cada individuo es una cuestión personal? ¡Qué sandez! Ningún dios que se precie se molestaría en medir la cantidad de soplo divino imbuido en sus criaturas. Por tanto, la prueba se invalidaba por sí sola y cabía idear otro sistema.
Después de incontables noches entre retortas, vasos de precipitado, crisoles, balanzas y jeringuillas de cafeína, opté por recurrir al «método Frankenstein», ampliamente reconocido entre las empresas farmacéuticas:
  1. Rapte a un ser humano moribundo.
  2. Contenga al espécimen de estudio en una jaula de Faraday modificada (véase Anexo III).
  3. Introdúzcale un cilindro de cobre de 0’99 milímetros de diámetro y 6’56 centímetros de longitud por el tracto digestivo.
  4. Aplicar una descarga de 20001102’07 amperios en el instante justo de la expiración.
  5. El «ectoplasma» resultante deberá ser inmediatamente succionado con una varilla de vidrio hueca enroscada en hilo de cobre de una diezmilésima de milímetro. (Atención con los gases que acompañan la emisión ectoplasmática, provocan narcolepsia pasajera).
  6. Pésese dicha varilla en la báscula de cerámica.
  7. Búsquese una buena coartada para «el día de la sustracción» y siga los siguientes pasos:
    1. Enterrar al sujeto del experimento bajo una capa de arcilla y rocas calcáreas bien lejos del laboratorio.
    2. Contactar con el despacho Phooey & Phoneys, en previsión de una acusación criminal.
    3. Liberar al ente del ensayo en una discoteca londinense.
  8. Reiniciar el proceso hasta obtener el resultado que corrobore a desmienta la existencia del alma humana.

«...El artículo «El alma existe» saldrá a la luz a finales de 2018 bajo pseudónimo en la prestigiosa revista Crazy Scientific. En cuanto el mundo descubra la cuantía de mi descubrimiento, justificará el fin y los medios; estoy segura de que las comunidades científica y religiosa me concederán unánimemente un Nobel de la ciencia y otro de la paz...
...En mi próximo experimento me propongo averiguar si en verdad los malos pensamientos pueden doler y, de ser así, averiguar dónde reside dicha «fibra sensible» y cómo se podría accionar remotamente en sus portadores...»
Extracto del diario de la doctora Cornelia Cornejuelo del Cortijo.
Museo de la Ciencia, Madrid.

Comentarios

  1. Probar la existencia del alma es, por descontado, el sueño de cualquier científico. Sin embargo, me parece que incurre en una contradicción al intentar asir lo inasible. Tú reflejas muy bien esa locura de la ciencia de intentar explicarlo todo. Hay que reservar un hueco para la inocencia.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A mi parte racional le repele cualquier forma de ignorancia, pero dado que en los humanos pesa más la parte sentimental que la racional, es absurdo menospreciar lo que calificas como inocencia. Cuanto mayor me hago, más convencida estoy de que en el fondo no somos otra cosa que niños rebeldes que, a la postre, buscan consuelo y aprobación.

      Un abrazo.

      Eliminar

Publicar un comentario