El viaje de Garrofí





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Era un luminoso día de octubre cuando siete perezosas semillas despertaron de su sueño. Estas siete hermanas crecían felices en el interior de su vaina, bajo las robustas ramas del anciano Sansón, un algarrobo al que nada ni nadie ha logrado arrancar jamás ni uno solo de sus frutos, pues según cuenta la leyenda, a Sansón lo sembró el mismísimo Mandráconis el Brujo, así que es fácil imaginar que, antes de la siembra, sumergió la semilla de algarrobo en una pócima fortalecedora, en lugar de hacerlo en una tacita de lluvia, como es costumbre.

Cierta fría madrugada, la cápsula vegetal de las siete hermanas despegó rumbo a lo desconocido, el tatara-tatara-tataranieto de Mandráconis, que había heredado el árbol, pero no la brujería, la cazó al vuelo y la echó en el cesto con las demás; la mayoría de estos mágicos frutos se convirtió en alimento para animales de granja, otras, incluida nuestra algarroba, fueron a parar a un invernadero: una casa de plástico donde se cultivan plantas y árboles a salvo del mal tiempo.

Mientras germinaban al calor de sus semilleros, las hermanas planeaban su futuro:

—¡Yo quiero ser un bonsái! —exclamó la primera—. Creceré para convertirme en un árbol adulto del tamaño de un balón. Deseo enseñar a los humanos que la grandeza se halla en el interior de cada ser.

—Pues nosotras cuatro queremos reforestar los montes que han perdido sus árboles por culpa del fuego y los leñadores avariciosos —dijo la segunda—. Protegeremos la tierra para que no se convierta en un desierto y alimentaremos a los animales herbívoros y omnívoros.

—Yo creceré para ser un árbol de jardín de infancia —intervino la sexta—. Los cachorros humanos aprenderán a amar la naturaleza colgados de mis ramas. ¿Y tú? —preguntó a la séptima.

—Bueno… —vaciló—. Lo que yo deseo es viajar...

Todos los árboles rieron la ocurrencia de Garrofí, «la semilla exploradora», o casi, porque el olmo que vivía en el exterior del invernadero asomó de repente su copa por la claraboya del tejado:

—¡Bobadas! —gruñó el cascarrabias—. Somos árboles con hojas, tronco y raíces. ¿Cómo vas a sobrevivir sin la tierra, el sol y el agua? ¡Necesitamos todo eso para fabricar nuestro alimento!

—¡Ya lo veréis! —respondió, tozuda, la semillita.

Pasaron las semanas y pronto emergieron de la tierra las primeras hojitas que, para alegría de los jardineros, pronto se multiplicaron hasta convertirse en unos espléndidos arbolitos.

Una noche de primavera un murmullo de hojas recorrió el invernadero de cabo a rabo...






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Comentarios

  1. Qué idea más original: una semilla cuyo deseo es viajar. Un bicho raro. La oveja negra de la familia. Y, sin embargo, tiene mucho sentido, pues la única forma de avanzar es saltarse las normas.
    ¿A qué esperáis, lectores?

    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. "El viaje de Garrofí" es la verifábula por antonomasia, aunque cuando la escribí la idea de este blog estaba muy lejos de germinar, ni siquiera pensé que existiría un tercer cuento.
      Esta fábula es un compendio de valores: el valor de crecer siendo uno mism@; el valor de cuidar nuestro hogar, la Tierra; el valor de ser generoso con quienes no son como nosotros; el valor de empatizar con el dolor ajeno; el valor de la justicia; el valor del amor...; lo único que lamento es no haber podido ilustrarla, mas, como bien dices, la mejor forma de avanzar es no poner límites a la imaginación.

      Una abrazo.

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